El coloso en llamas

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La Ciudad de la Justicia, un ejemplo del mal mantenimiento de los edificios públicos

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

El 30 de marzo de 2003, José Luis Olivas esperaba con interés unas elecciones autonómicas que le liberarían del peso de la política y le abrirían la puerta a otros destinos. Si todo salía como estaba previsto, Francisco Camps sería el próximo presidente de la Generalidad. Por eso asistió satisfecho, junto a los ministros Michavila y Zaplana, a la inauguración de la Ciudad de la Justicia de Valencia, un coloso en el que el trabajo del director general de Justicia, Eloy Velasco, atento día a día al proyecto, fue muy ponderado por todos.

La Ciudad de la Justicia de Valencia fue entonces la segunda más grande del mundo detrás de la de Tokio. Preparada para albergar hasta 100 oficinas judiciales, resultó ser un complejo de 114.000 metros cuadrados útiles, cubiertos con una superficie de cristal tres veces superior a la de Mestalla. La enorme instalación iba a albergar a 1.600 trabajadores fijos y otros 800 en tránsito, más un número de entre 3.000 y 5.000 visitantes al día.

El coloso tardó casi un año en llenarse de actividad. Pero el traslado, lento y muy caro, fue seguido por un rosario de quejas sobre los problemas de funcionamiento que comportaba. Pronto, muy pronto, el deslumbrante cubo de cristal se equiparó a otros tantos modernísimos edificios públicos españoles: hospitales e institutos, casas de cultura y bibliotecas se afean de inmediato, con el uso diario, por su falta de sentido práctico. En las ventanas hay que poner un plástico o un cartel de toros para que el sol deje leer en los ordenadores; los pasillos se llenan de groseros folios pegados con esparadrapo donde alguien garrapateará el consabido: 'Por la otra puerta', 'No funciona' o 'Llave en información'.

En el año 2004 ya se publicaron reportajes que proyectaban las quejas de los usuarios por los defectos de las instalaciones y su nulo mantenimiento. El día en que las escaleras mecánicas iban, fallaban los ascensores. Si moverse no era fácil, conseguir acceso a la red parecía heroico. Las 4.000 puertas no cerraban cuando debían hacerlo, los expedientes no cabían en las angostas estanterías y además no había escaleras para llegar a las baldas más elevadas. Si lograr que las cisternas de los 260 baños funcionaran sin fugas era imposible, tener calefacción en invierno y refrigeración en verano cotizaba como un sueño.

El coloso, presupuestado en 80 millones, parece que nos ha costado 163 millones de euros. El jueves, 7 de septiembre, el juez decano, Pedro Viguer, se quejaba amargamente, en una entrevista radiofónica, de un sistema informático obsoleto e inoperante. El domingo, sin alarma alguna, un incendio fortuito hizo que la Ciudad de la Justicia se convirtiera en un triste coloso en llamas. Un gigante valenciano más con pies de barro, por falta de mantenimiento, inversiones y atención de los gobiernos responsables. El del Botànic y todos los anteriores del PP que no llevan nombre de jardín.

Mañana lunes, o el martes, igual se reanuda la actividad. Pero cuánta, cuánta vergüenza...

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