Colonización del tiempo libre

PEDRO PARICIO AUCEJO

El aire anuncia la cercanía de la primavera, en que la naturaleza se libera del invierno y exhibe su poder verde y aromático. Como desde hace dos milenios, volverá también la evocación de la primera Semana Santa de la historia. Y, con ella, renacerá en nuestro mundo desarrollado el frenesí de unas jornadas vacacionales de éxodos masivos hacia cualquier lugar, atascos monumentales por todas partes y hacinamientos en playas, hoteles, restaurantes y demás establecimientos públicos del sector turístico. Es el multitudinario peregrinaje emprendido en pos del espejismo de un bienestar material transformado en estilo de vida.

Sin duda, el avance tecnológico experimentado en los medios de transporte -con el aumento de la rapidez, la comodidad y la accesibilidad de los desplazamientos-, así como el papel desempeñado por la publicidad y otros negocios colaterales surgidos de las últimas odiseas postmodernas han favorecido la proliferación de un consumismo social de viajes, parrandas y comilonas a troche y moche. Es la imposición por decreto de una sociedad que -culturalmente hegemonizada por el caos del nihilismo moral-pretende aplacar el desgarro de su ignorada hambruna espiritual con la compulsiva voracidad de lo material.

Cuando termine el paréntesis de la Pascua, automóviles, barcos y aviones devolverán a sus lugares de origen a quienes, ajetreados y tal vez irritados, hayan logrado sobrevivir a la aventura de carreteras, puertos y aeropuertos. Y -como siempre- habrá faltado tiempo para lo esencial del descanso festivo. Pero... ¿quién ha establecido que haya que viajar y llevar todo ese trasiego? ¿Por qué no se pasan estos días de otra manera? ¡No siempre se ha vivido así! Al menos hasta que la organización consumista de nuestra sociedad, desde hace ya demasiadas décadas, masificó al individuo y, expropiándole el control de su ocio, colonizó un tiempo que -de suyo- le es ajeno. Sin que se notara, le obligó a adaptarse al proceso e interiorizarlo.

Fuera y dentro de nuestras fronteras -desde Freyer, Fromm, Adorno y Horkheimer a González Seara y demás analistas sociales de la actualidad-, se ha llamado insistentemente la atención sobre el proceso manipulatorio que padece el ser humano incluso en el tiempo libre de su existencia cotidiana, de modo que vivimos en una sociedad cuyos planteamientos últimos aniquilan al individuo en el conformismo de la masa anónima. El rodillo del sistema social le somete a la rutinización de su comportamiento también en los períodos vacacionales, de modo que, 'al vivirle' su tiempo festivo, la persona tiende a repetir con cargante monotonía la trivialidad de una existencia programada ajenamente. Así las cosas, no resulta extraña la reacción de quienes -indignados- pretenden poner en cuarentena a todo un sistema cultural en el que sus miembros son meros auxiliares de gigantescos complejos económico-tecnológicos. Esta es una comprensible actitud de rechazo, pero no la solución adecuada para salir de tan difícil coyuntura.

Se precisa una reflexión que, descubriendo el sentido de la existencia, ordene la realidad social y propicie el equilibrio vital del individuo. En esa búsqueda nos percatamos de que, en medio de un tiempo que fluye sin cesar, sentimos necesidad no de ser sólo para el momento sino de ser para siempre. Más aún, tendemos a lo que hace perdurable la realidad, siendo la eternidad lo único que nos emociona sin fin. Amputado desde su origen, el tiempo aparece sólo como el muñón de la eternidad que se nos cortó -procedemos inicialmente de ella- y de la que nos duele su ausencia, porque estamos destinados finalmente a ella: el plan inalterable es vivir eternamente. Por ello -por la inquieta tensión humana de eternidad-, la mejor forma de aprovechar el tiempo es eternizándolo, esto es, viviéndolo en aquello que permanece, que es lo contrario de lo que acostumbramos a entender por ´ganar el tiempo´: agitación sin sentido de actividad sobre actividad.

Pero sólo reconcentrándonos en el fondo de lo humano se nos muestra próximo lo eterno: al bucear en lo mejor de nuestro ser, se produce en grado eminente el encuentro personal con el Dios vivo y, en Él, el auténtico sentido de la vida y la dignidad humana, sin la que no hay ni integridad personal ni vida verdadera. Cuando la individualidad está penetrada por los bienes del espíritu, se diluye -sin pérdida de la identidad que le es propia- en la plenitud de una realidad eterna, en la que se da la vida en su máxima expresión. En esa dimensión superior se toma conciencia de que el plan divino diseñado para el hombre no es vivir un tiempo limitado, sino vivir para siempre. Perder esta definitiva e íntima comunión vital con Dios es no alcanzar la razón de ser del tiempo y el elemento decisivo de nuestra existencia.

Sólo desde esta perspectiva es posible superar adecuadamente la colonización del ocio vacacional por parte del consumismo imperante en nuestra sociedad. El control personal del tiempo libre es viable desde la intimidad de una conciencia bien formada, que, aun satisfaciendo las inevitables exigencias de consumo impuestas por nuestra naturaleza, no necesita renunciar a las bondades de un sistema cultural acrisolado por la tradición histórica.

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