Ada Colau, todo un síntoma

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

La alcaldesa de Barcelona, la activista Ada Colau, se superó a sí misma el pasado domingo y ascendió al olimpo de la estulticia intelectual cuando al 'inaugurar' una calle dedicada al actor Pepe Rubianes -cuyo mayor mérito cultural fue referirse en un programa de la televisión catalana a «la puta España»- justificó la retirada del nombre anterior de esta vía pública -Almirante Cervera- porque era «un facha». Conviene recordar que Pascual Cervera nació en la localidad gaditana de San Fernando en 1839 y murió en 1909 en Puerto Real, municipio de la misma provincia, por lo que difícilmente puede tildarse de «facha» a quien falleció antes de que surgiera el fascismo en la Europa de entreguerras. Hay tres cuestiones a destacar en la actitud de Colau:

1ª Su profunda incultura. No es necesario ser doctor en Historia para saber que Cervera no es, como ella cree, «un facha», uno de los militares que el 18 de julio se sublevó contra el Gobierno frentepopulista de la república. Y si uno duda, si no sabe quién era Cervera, lo mejor es no arriesgarse con descalificaciones gratuitas, ir sobre seguro, no pisar innecesariamente un charco.

2ª Su evidente falta de preparación. Acude a un acto público y la legión de asesores bien pagados que la rodean no es capaz de ponerle en antecedentes, o si lo hacen ella no se detiene a leer los papeles que le han preparado. ¿Soberbia, pereza ante un esfuerzo intelectual que le resulta ajeno?

3ª La agresividad de su mensaje, el tono ofensivo, guerracivilista, de combate. Llamar «facha» a un almirante español es un desprecio impropio de la primera autoridad de la segunda ciudad española. Es un discurso, por llamarlo de alguna manera, propio de la barra de un bar, de una tertulia acalorada entre amigos después de unas cuantas cervezas, no de un dirigente político que se dirige a todos los ciudadanos.

Pero por encima de estas consideraciones, este nuevo sainete de Ada Colau es todo un síntoma. En primer lugar, de la degradación de la clase política española, que en pocos años ha pasado de abogados, catedráticos y profesionales de prestigio a políticos profesionales, con o sin máster, y a activistas incultos que hicieron de la algarada callejera su trampolín hacia una vida regalada y un sueldo público garantizado. Y en segundo lugar, es la demostración de que cada colectividad tiene la clase dirigente que le corresponde y que se merece en cada momento. En la culta y cosmopolita Barcelona de otros tiempos, Colau no hubiera podido ser no ya alcaldesa sino ni siquiera asesora suplente del concejal de Cementerios. Pero en la Barcelona aldeana, sectaria y radicalizada, paraíso de okupas y refugio del 'top manta', no hay mejor alcaldesa que Ada Colau. Son tal para cual.

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