Colau y Ribó

CÉSAR GAVELA

Desde hace un tiempo, Valencia y Barcelona se comparan mucho, lo que es muy novedoso. Antes, Valencia era vista como una ciudad secundaria, muy alejada de los parámetros y de la gran proyección universal de la capital de Cataluña. Las dos urbes solo podían competir en la fortaleza de sus puertos de mar y en poco más. Pero ahora, las cosas empiezan a cambiar un poco. Como bien lo prueba el creciente número de empresas que abandonan Barcelona y se instalan en Valencia. La última, el Cola-Cao.

La barbarie separatista está perjudicando muy gravemente a Barcelona y a Cataluña, cuyos habitantes ya perdieron la alta probabilidad que tenían de contar en su ciudad con la Agencia Europea del Medicamento. Y que pueden perder la Mobile World Congress, uno de los hitos de la economía más innovadora del planeta. Es un asunto tan lastimoso como impensable hace años. Porque nadie podía imaginar que la europea Cataluña, la laboriosa y creativa región, admirada en toda España durante décadas, pudiera caer en manos de una cuadrilla de políticos infames, situados fuera de la realidad, del talento, de la educación y la ley.

Esta catástrofe la resume muy bien una mujer de discurso resentido y equívoco. Una ambiciosa demagoga secesionista. La señora Ada Colau, cuya ejecutoria al frente del ayuntamiento de Barcelona es una inmensa decepción. Baste recordar que apenas ha construido una mínima parte de las viviendas sociales que prometió, uno de sus grandes reclamos electorales. La desafortunada labor de Colau engrandece la de muchos de sus colegas, y por seguir con la comparación valenciana, resalta la tarea de Joan Ribó. Que es una persona mucho más hábil y preparada que la estridente alcaldesa: una mujer que parece desconocer los más elementales principios del juego democrático, así como la crucial importancia de la ley, pilar esencial del estado de derecho. Ada Colau, tan ambiciosa como irrelevante, es una acólita del separatismo aunque ella piense que puede jugar a una equidistancia en la que nadie cree. Por su parte, Joan Ribó, que nunca ha ocultado su ideología de izquierda nacionalista (en la que milita menos de la quinta parte de sus convecinos, pero que le ha valido para ser el alcalde del 'cap i casal') actúa con otro tacto, con otra prudencia, con otro estilo. Baste recordar el respetuoso trato que el ayuntamiento valenciano tributó a la memoria de Rita Barberá. Ribó sabe estar y tiene una estrategia. Y un legado en marcha, nos guste o no. Colau, por su parte, no sabe estar y carece de la más mínima solidez ideológica y de la imprescindible empatía que todo político debe poseer. De lo que no carece es de su ilusa pretensión de presidir la Generalitat. De añadir su nombre a la reciente lista de políticos mendaces, sectarios e incompetentes. Los que han pisoteado la Constitución y el Estatut. Los que han destruido la convivencia.

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