El código rojo de Rajoy

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

El sistema judicial español tiene poco que ver con el norteamericano. Acostumbrados como estamos a las películas y las series estadounidenses, a los espectaculares y melodramáticos interrogatorios de los abogados y los fiscales a los acusados o a los testigos, a los emotivos alegatos finales de los letrados que remueven las conciencias de los jurados y a los jueces que van más allá de su papel y participan activamente en el desarrollo de los acontecimientos, los juicios patrios nos resultan aburridos y encorsetados, incluso aunque uno de los participantes sea el mismísimo presidente del Gobierno. Aquí no se ponen de pie, no pasean por la sala, no se enfrentan abiertamente al magistrado, está todo mucho más reglado. Tal vez, llevados por el evidente influjo que la potente industria audiovisual USA tiene en nuestra cultura y en nuestra forma de pensar, algunos de los abogados que ayer tuvieron la oportunidad de preguntar a Mariano Rajoy soñaron la noche anterior con 'Algunos hombres buenos', la popular película protagonizada por Tom Cruise y Jack Nicholson en la que el primero -el teniente Daniel Kaffee, un joven letrado de la Marina- trata de poner nervioso al segundo -el veterano y prestigioso coronel Nathan R. Jessup, comandante en jefe de la base de Guantánamo- durante un mítico interrogatorio hábilmente conducido que concluye en el famoso «¿ordenó usted el código rojo?», la clave de todo el caso (un asesinato del que están acusados dos marines), a lo que Nicholson, completamente fuera de sí, admite su responsabilidad: «¡por supuesto que lo hice, joder!», el momento cumbre de la cinta, la explosión, el terremoto final. Pero claro, ni entre los letrados estaba ayer un Tom Cruise que sacara de sus casillas al testigo ni desde luego Mariano Rajoy es el coronel Nathan R. Jessup, incapaz de controlar sus nervios ante las insistentes preguntas de los hombres de leyes. Para lo bueno y para lo malo, el presidente del Gobierno es un hombre tranquilo, un gallego que ejerce, poco temperamental, nada dado a los arranques de furia, dueño en todo momento de sí mismo. Un especímen casi imposible de batir tanto en sede parlamentaria como en judicial. Un veterano de las oposiciones (registrador de la propiedad) que acudió con la lección perfectamente aprendida, como el opositor que el sábado acude a su preparador a cantar los temas. No se salió del guión ni un milímetro, no cometió ninguna imprudencia, no entró en contradicción. La imagen del presidente declarando aunque sea como testigo, en un caso por corrupción que afecta a su partido es, obviamente, muy negativa, para él, para el PP, para las instituciones y para todo la democracia española. Pero ayer los abogados no lograron que confesara haber ordenado el código rojo.

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