UN COCHE QUE NO ANDA

J. C. Ferriol
J. C. FERRIOLValencia

Y no es únicamente el de Fernando Alonso. «Desde hoy cojo mi coche y empiezo a recorrer España...», con palabras similares a estas Pedro Sánchez anunció apenas unas semanas después de ser apartado de la secretaría general del PSOE, en octubre de 2016, que comenzaba ese proceso de comprobar si había agua en la piscina para recuperar el liderazgo del partido. La historia es conocida. Sánchez se apoyó en unos pocos referentes regionales de confianza -José Luis Ábalos el primero de ellos-, logró movilizar a la militancia y, al final, Susana Díaz se llevó un costalazo político de los que no se olvidan. El 21 de mayo del pasado año Sánchez ganó las primarias y recuperó la secretaría general. Seguía montado en el coche. Había cogido velocidad. Había conquistado la primera meta. Tocaba mantener el ritmo y la movilización, acelerar más si era posible, y lanzarse a por el objetivo real, que era -se supone- ganar las elecciones generales. Pues no. La sensación de velocidad ha ido desvaneciéndose hasta el punto de que el motor del coche parece completamente gripado. Sánchez encabeza un partido -no creo que liderar sea el término- sin brillo, escaso de reflejos, con iniciativas que no entusiasman, incapaz de situarse en el centro del debate político. El PP de Rajoy -especifico que es el del jefe del Gobierno porque con otro líder al frente las expectativas serían otras- pierde votos a cientos ante el crecimiento fulgurante de Cs (ojo con los crecimientos acelerados, que luego pueden convertirse en batacazos), y los socialistas no sólo no logran reforzar su posición sino que la ven cada vez más debilitada por el partido de Rivera, que también les quita apoyos. No negaré que a Sánchez le penaliza la actitud de esos barones que no le perdonan que recuperara la secretaría general después de haber sido sacrificado, y que tratan de dejarlo en evidencia cada vez que pueden. Pero quizá el secretario general del PSOE debería de parecer menos preocupado en coger bien fuerte las riendas del partido -para evitar otro golpe de estado como el de hace año y medio-, y más en ampliar los apoyos de que dispone. Ese discurso 'de izquierdas' dirigido a robarle voto a Podemos tiene una vigencia y un éxito limitados. La pureza de sangre puede tener cierto encanto, incluso un toque romántico, pero no saca de pobre. Más allá de la ideología, el carisma del líder es el que moviliza al electorado, el que lo convence, el que le hace sentirse seguro de su apuesta. No termino de ver al Sánchez que activó a la militancia socialista haciendo ahora lo propio con el electorado de su partido. Y desde luego que tampoco lo veo pugnando por arrebatarle votos al PP o a Cs. El coche puede llegar a coger velocidad -lo demostró en su momento- pero hace meses que parece parado en talleres.

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