La cobardía

Andar y ver

A dos meses de la imposible consulta, la mudez sigue siendo la expresión de la mayoría catalana contraria al golpe de estado civil

CÉSAR GAVELA

En 1962 los mineros asturianos organizaron enormes huelgas, marchas y asambleas, obviamente prohibidas. Hicieron frente a la policía, a las leyes represivas y al temor. Lo mismo sucedería en Granada en 1970, con unas manifestaciones que acabaron siendo sangrientas. En las ciudades de Vigo y Ferrol, en 1972, también salieron a la calle los empleados navales. Naturalmente, muchos de esos trabajadores fueron a la cárcel, sufrieron enormes multas, fueron torturados, y algunos murieron, como sucedió en Granada y Ferrol.

Aquellas personas luchaban por sus derechos sociales, pero también lo hacían por la libertad; y fueron un ejemplo para todos los españoles. Probablemente su protagonismo tuvo que ver con la levísima apertura del régimen en el primer lustro de los años setenta, cuando las librerías ofrecían libros marxistas y cuando muchas publicaciones criticaban más o menos abiertamente al poder. Algo impensable en años precedentes.

Ese alto valor cívico ha desaparecido en buena medida. Aunque ha habido excepciones. Una de ellas tuvo lugar cuando el espantoso crimen de Miguel Ángel Blanco, sentido por todos minuto a minuto, crimen que produjo una rebelión cívica en la población vasca, harta de tanta violencia. Pero, sobre todo, harta de su propia cobardía, y de sus tramposos argumentos autojustificatorios. Pues bien, tras la marea ciudadana de Miguel Ángel Blanco ya nada fue igual para la ETA y para los miserables que la apoyaban, o que se beneficiaban de su barbarie. También para muchos mequetrefes de la izquierda que sostenían que había que pactar con el crimen. Y lo decían en serio los muy estúpidos.

En Cataluña llevamos cinco años de cobardía generalizada. De pasotismo culpable. De desinterés escapista de millones de personas; de falsaria equidistancia o de grotesca llamada al diálogo cuando una parte de los políticos catalanes -que ni siquiera representan a un tercio del censo electoral- están dispuestos a romper la Constitución y a provocar una catástrofe social basada en la mentira, la manipulación mediática y el desprecio a los españoles no catalanes. En Cataluña está en marcha desde hace cinco años la destrucción de la convivencia entre los españoles que viven en esa comunidad. Y sin embargo, las víctimas de ese nuevo fascismo, de ese chavismo organizado por políticos truhanes, apenas dicen nada. Callan y confían. Al tiempo que ceden la calle a los que buscan emular a Nicolás Maduro, al que les une el común desprecio a la ley y a la democracia. Pues bien, el tiempo del silencio ya debería haber terminado, y no lo ha hecho. Cuando faltan solo dos meses para la imposible consulta del 1 de Octubre, la mudez sigue siendo la expresión de la mayoría catalana contraria al golpe de estado civil en marcha. El silencio irresponsable y temeroso.

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