Ese club del que usted me habla

Silla de enea

¿A qué responde la antipatía que genera el Real Madrid más allá de su círculo de confort?

JOSÉ RICARDO MARCH

Hay cosas que no por esperadas dejan de sorprender. Y de molestar. La pasada semana nos enteramos de que Pedja Mijatovic, acusado por la Fiscalía por un presunto delito económico, había pasado de ser considerado el «héroe de la séptima» a mutar en los titulares de la prensa estatal, los que no hace tanto rememoraban los veinte años de su gol -en fuera de juego- a la Juventus, en, a buenas horas, «icono del valencianismo». El paso del montenegrino por el Real Madrid quedaba así, de un plumazo, difuminado, y la imagen del club, salvaguardada y blanqueada ante las informaciones de fraude a Hacienda que podían afectarle. A costa de la del Valencia -club frecuentemente motejado desde la capital como proclive a los escándalos-, claro.

Una escena parecida, amplificada por la atención mediática abrumadora que genera el protagonista, se repitió apenas unas horas después con la noticia de la acusación a Cristiano Ronaldo, ayer mismo alfa y omega del madridismo y hoy, tras, supuestamente, defraudar una cifra que multiplica casi por cien la de Mijatovic, apenas algo más que un jugador portugués multimillonario. Un futbolista al que las portadas de los diarios y los informativos televisivos se apresuraron, sin rubor alguno, a despojar de toda simbología madridista, previa llamada desde la planta noble del Bernabéu. Y a situarlo rápidamente fuera del Madrid de cara al curso que viene. Cristiano, como Mijatovic, ha dejado de ser, por obra y gracia de su club y su prensa, la estrella de la película para asumir el más terrenal y tan poco agradecido rol de «ese señor del que usted me habla».

No descubro nada nuevo si afirmo que a día de hoy los valores de los que habla el himno del Real Madrid (especialmente ese verso en el que se autodefine como «caballero del honor») son meras licencias poéticas. Desde la avenida Concha Espina y los medios de comunicación se ha cultivado durante años, aunque especialmente en las dos etapas de Florentino Pérez como presidente, una soberbia y una actitud chulesca y perdonavidas que, ¡oh, sorpresa!, genera antipatía a espuertas más allá del círculo de confort del madridismo. Y se ha jugado a ocultar o justificar todo aquello que contradice la imagen ideal del madridismo. Ante las reiteradas demostraciones de antideportividad de sus profesionales (valgan como muestra los gargajos e insultos de Sergio Ramos o el «era campo atrás» con que los jugadores de la sección de baloncesto se burlaron cruelmente del Andorra -y, por ende, de todo el baloncesto español- en la Copa) no hay sanciones, portadas ejemplares ni editoriales con llamadas al orden. Solo la sonrisa contenida de Florentino y los que le rodean, prestos a mostrarse solícitos -más les vale- con su presidente y su club.

De vez en cuando la prensa madrileña, que disimula cada vez peor su escasa vocación estatal, se interroga acerca de la extensión del sentimiento de rechazo, cuando no odio, al Real Madrid. La misma prensa, al enunciar la pregunta, omite conscientemente su responsabilidad en la conformación de esa animadversión. Hubo un tiempo, o al menos eso quiero pensar, en el que el Madrid, su afición y medios de comunicación de cabecera representaban algo diferente a lo que ahora son. Hay una anécdota que viene al caso e incluye al Valencia como secundario de lujo. En 1930, un arbitraje nefasto de Fausto Martín en la Copa, parcialísimo a favor del Madrid (el famoso partido de la retirada del campo del Valencia), fue contestado con una bronca por el público de Chamartín y severamente juzgado por la prensa de la capital.

Hoy esa actitud crítica por parte de unos y otros sería impensable. Basta con hojear los diarios afines al Real Madrid o con dejarse caer unos minutos no solo por esos programas-verbena que, desafortunadamente, han brotado como setas en los últimos años en televisiones y radios, sino tambien por los informativos de la cadena que les plazca. El absoluto proteccionismo para con los suyos, la justificación permanente de todo lo que hace el Madrid, sea bueno o malo, y la agresividad de puertas afuera de algunos medios de comunicación y periodistas -que escupen odio y bilis enfundados en la camiseta del club- ha multiplicado exponencialmente esa animosidad en el resto de España. Si ese es el futuro del madridismo y el periodismo, mal vamos. Muy mal. Alguien habría de hacérselo mirar.

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