Ciudades a las que volver (y V): Vitoria

MIKEL LABASTIDA

Podría recomendar volver a Vitoria porque es la ciudad sorpresa, la que nadie espera, la que no resulta evidente. La que no buscas, pero encuentras. Sin un Guggenheim a sus espaldas ni una playa de la Concha en la que mojarse recibe menos atención mediática que sus parientes cercanas. Mala suerte. O quizá no. Tal vez eso juegue a su favor, porque el que pasa por ella encuentra rincones de los que no le han hablado, paisajes que no han sido suficientemente mencionados y alguna que otra joya que quizá desconocía. El poder de lo imprevisto, que siempre ayuda.

Podría reafirmarme en mi convicción de que es un lugar al que volver tirando de frases manidas y de campañas de marketing. De esas que se crean para convencer y que luego pesan como losas o se arrastran durante años. Lo de la ciudad verde, mil veces asegurado, que es un título que merece sin duda y que salta a la vista de cualquiera vaya por donde vaya. O lo de lo bien que se come, que aunque parezca obvio nunca está de más recordarlo, y que no hacía falta ninguna declaración de capital gastronómica para reafirmarlo. Aunque no estuvo mal. Los tópicos siempre vienen bien para situarse. Y para no perderse.

Podría animar a volver a Vitoria para buscar aquello de lo que alguna vez huimos. De la tranquilidad absoluta. Que allí está repartida en prácticamente todos los rincones, en calles y avenidas, en jardines y plazas, en los naturales alrededores. De las aglomeraciones. Que no existen. De esa sensación de que no pasa nada que perturbe. Porque nunca existen suficientes acontecimientos como para que te estresen o te agobien.

Pero no citaré esos motivos. Ni hablaré de sus catedrales o de su casco histórico. Ni de las rutas literarias ni de escritores que la visitaron alguna vez. Ni de murallas ni de calles empedradas.

Yo regreso a Vitoria porque hay que volver a los lugares donde has sido feliz. Eso es jugar sobre seguro y además un digno reconocimiento para quien lo logró. Y andarlos bien para rememorar las historias que aparecen asociadas a cada paraje. Por poco simbólico que resulte: un solar, un portal, una plaza perdida. Y en el recorrido discernir qué tiene ese espacio para que allí disfrutases, descubrieses, soñases.

Vitoria es la ciudad de las primeras veces, de los miedos e inexperiencias, de la inocencia. La ciudad pequeña que protege, que prepara para dar el salto, que sirve de campo de experimentos para lo que luego había de venir. Y la que visitas de cuando en cuando para pensar en lo que allí fuiste. En lo que hiciste y en lo que no. Algunos enclaves te cuentan lo que tú has sido y por qué ahora eres así. Algunos contribuyeron incluso a ser como eres. Y yo en algunos aspectos soy como Vitoria. Y a veces vuelvo para recordarlo.

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