Ciudades a las que volver (III): Budapest

MIKEL LABASTIDA

Reconozco mi predilección por los lugares en decadencia, por aquellos que un día brillaron y fueron perdiendo el lustre, por lo que sobreviven entre cenizas alimentándose de éxitos pasados. Quizá porque todos entramos en decadencia de vez en cuando y esas ciudades nos ayudan a encontrarnos. La decadencia es bella en ocasiones. Solo hay que saber cómo mirarla. Uno es bello según el modo en que lo miren. Hay miradas que embellecen.

Supongo que así miré yo a Budapest la primera vez que la conocí, cuando llegue hasta allí sin demasiado entusiasmo y me sorprendí con una urbe caótica que no sabía el encanto que guardaba y no sacaba a su atractivo el suficiente partido. Es capital, es centro neurálgico, cuenta con una población considerable, fue gran potencia y sin embargo nunca se lo creyó del todo. Cómo no va a ser bella una ciudad cuya avenida principal es un enorme río. No hay calle más idílica en todo el territorio, posiblemente pocos lugares en todo el mundo pueden presumir de una vía semejante, en la que en vez de por adoquines se camina sobre agua. Y no te hundes. Porque el Danubio eleva. Da igual cuántas veces lo observes, siempre deslumbra. Mira que regala su presencia a otros países, pero en ningún otro sitio luce tan bien. Pasa por Alemania, por Austria, por Eslovaquia, por Croacia, por Serbia, por Rumania, por Bulgaria, por Moldavia, por Ucrania, por otras partes de Hungría incluso, pero donde de verdad se le concede el papel protagonista, con todos los galones, es en Budapest. Solamente por eso ya habría que volver. Fue merecedor de un vals y musa de no pocas películas y poemas. Propició la aparición de pueblos y sirvió de unión de, entre otros enclaves, Buda y Pest.

Hay muchas ciudades en Budapest, aunque las más evidentes son las dos que le dan nombre y que se sitúa cada una a un lado del río. Y a uno le da por pensar si sabría elegir en qué ladera se quedaría, si sería capaz de decantarse si le pusieran en la tesitura de no volver a cruzar jamás un puente. Buda es medieval y Pest más moderna, sin creerse cosmopolita. La primera conserva calles empedradas y casas barrocas y sabe, sin proponérselo, trasladarte a otra época. Qué buenos son los viajes en los que tu cabeza no deja de viajar. En la segunda el ambiente es desenfadado, algo delirante. Y es imposible no pensar en las tragedias que se han vivido en aquellos lares y en la capacidad de recuperación que tienen las ciudades, la manera en que dejan atrás sus desgracias para reinventarse. Hay estatuas enormes, palacios majestuosos, monumentos imponentes, ruinas destacables, aunque todos los visitantes solemos dedicarle más tiempo a unos zapatos cargados de símbolos. Y luego está la población desorientada, que trata de acostumbrarse a los cambios, y a las múltiples visitas. Ellos no aprecian la decadencia en la que viven y lo mucho que gusta a los que la frecuentamos.

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