Ciudadanía con funciones políticas

Nuevamente nos encontramos con un doloroso capítulo de actualidad a la par que humillante. Es todo un privilegio vivir en un país democrático donde la libertad y el respeto a la dignidad de la persona son el horizonte político de cada día. España es un país ejemplar que destaca por su ciudadanía, su historia, su cultura, su talento, su deporte, su gastronomía y, últimamente, su tradición política. He querido poner la política en último lugar porque no puede ocupar, en estos momentos, otro. La política es el servicio al bien común, el consenso por la convivencia pacífica y la óptima gestión de los recursos para hacer mejor la vida de los demás. La política debe adelantarse a las necesidades y a la protección de la sociedad en el marco de las Leyes Fundamentales del Estado. Parece ser que quien está asumiendo algunas de estas funciones son la mayoría de los ciudadanos. Las lecciones de civismo, sentido común y compromiso por los demás cada vez están menos presentes en el Congreso y más en las personas de a pie.

Dicho así quedaría un discurso muy populista pero lejos de caer en esa ambigüedad calculada, diría que los ciudadanos, al ver que el relativismo y la inacción que es creciente en algunos políticos ante los desafíos sociales, salen a la calle para despertar a quienes con su voto dieron la responsabilidad de ayudarles a mejorar sus vidas. Es la sociedad española la que se manifiesta en las calles para sacarles de la burbuja, o ceguera, o ausencia moral ante la que se encuentran algunos políticos. Cuando esto sucede es porque algo falla en el sistema político. Cabe decir que esta situación es puntual porque España históricamente es cuna de excelentes políticos que no solamente han hecho de este país un gran país sino que, además, han salido de él para ayudar a otros a serlo con sus responsabilidades institucionales. Aún sigo creyendo que hay excelentes políticos que se quedan pero que deben luchar, paradójicamente, con su mismo partido político para no perder los principios del bien común y el servicio a los demás, que es la verdadera política.

El Estado debe proteger con la ley en la mano a todos sus ciudadanos y ser soberano, desde la Carta Magna, para hacer frente a aquellos que solamente desean romper la convivencia pacífica. Mientras unos políticos y otros se enredan en debates y reproches estériles, otros aprovechan esta distracción para colarse en los cimientos de nuestra joven democracia con el fin de hacerlos tambalear. He tenido la oportunidad de leer la carta publicada que Consuelo Ordóñez ha escrito en respuesta al ofrecimiento para un encuentro de intercambio de puntos de vista por parte de dos representantes, Michel Tubiana y Jean Noël Etcheverry, de los autodenominados 'artesanos de la paz', intermediarios vascofranceses que participaron en la estética, ridícula y propagandística entrega de armas de ETA. El único objetivo de esta reunión era persuadir en sus reivindicaciones a las víctimas de los asesinatos de ETA con el fin de que sea esta banda terrorista la que ponga el punto y final a su sanguinaria historia en España, como si de un cuento inocente se tratara. Los responsables políticos y la sociedad española no puede dejar a las víctimas solas ante esta nueva y permitida humillación.

No se puede dar mejor respuesta que la dada por esta inagotable y ejemplar defensora de la dignidad, la justicia y la memoria de las víctimas del terrorismo. Es uno de los ejemplos de ciudadanos que salen a la calle para dar la respuesta sensata, digna y cargada de humanidad que no se está dando por parte de los responsables políticos españoles actuales ante los avances de aquellos que pretenden relativizar los principios democráticos, el bien común y el servicio a los demás. Estos tres principios son los que defino como la alta política, la que España necesita. Lamento profundamente que hayan asesinatos de ETA todavía sin resolver, que no se haya dado la orden, al parecer, a las Fuerzas y Cuerpos de Seguridad del Estado para derrotar definitivamente a ETA capturando a los que siguen dándole vida. Lamento que los máximos responsables políticos actuales no sean los que den respuesta a los 'artesanos de la paz' que ven en los asesinatos de ETA como violencia política, conflicto y guerra, cuando es simple y llanamente asesinato. Como bien dice Consuelo Ordóñez en su carta de respuesta, y como bien diría su hermano Gregorio Ordóñez, ejemplo de excelente político, las víctimas no tienen que aprender lecciones de convivencia porque hace años que llevan compartiendo calles y ciudades con sus verdugos.

Lamento una izquierda política española actual casposa, rencorosa y regresista, compañera de los radicalismos como también lamento una derecha acomplejada, sin personalidad y desnortada. Lamento que nadie hable de la injusta Ley de Memoria Histórica que pretende enterrar la democracia abriendo las heridas de unos inocentes y cerrando las de otros inocentes. Lamento que una señora valenciana de más de 70 años esté sola defendiéndose de la persecución de un alcalde sectario que se ríe de la democracia y la libertad multándole cada día por proyectar una sencilla Cruz que hace honor a las personas que han sufrido la muerte injusta de una guerra civil tanto de un bando como del otro. Quizás esta Ley de Memoria Histórica deba fijarse más en el horizonte que representa esta Cruz, en lo que une para compartir el sufrimiento y para honrar a los españoles que murieron injustamente, sin distinción. Lamentarse no es la solución, pero sí al menos que sea el germen y la reflexión que provoque la iniciativa social para recuperar a los excelentes políticos y sus políticas de izquierda, centro y derecha que han hecho de España un gran país.

Fotos

Vídeos