La ciudad pendiente

MIQUEL NADAL

Algún viernes hay que descender de las mayúsculas de los grandes conceptos y colocarse a pie de calle, en la minúscula de una avenida de tu ciudad, como si de su belleza dependiera la belleza de toda la humanidad. Me mandó Rafa Lahuerta una postal escaneada, en color, de la Valencia de finales de la década de los 60. Está probablemente sacada desde la terraza del colegio de El Pilar con el horizonte del mar. Blasco Ibáñez, trufada de campos de huerta, muere en Cardenal Benlloch, y antes está atravesada por las vías del ferrocarril, coches parados en el paso a nivel, el solar de lo que es hoy el Guadalaviar. El proyecto de Paseo de Valencia al Mar fue uno de esos impulsos de la Valencia republicana de los años 30, encargado al arquitecto municipal, Pedrós, de la órbita del PURA, y autor de la Casa de la Democracia, sede del partido en la Gran Vía. Preveía la construcción de chalets al amparo de la Ley de Casas Baratas, como los de los periodistas de Joaquín Rieta, y en la franja central edificaciones de lujo, para hacer de la Avenida el gran bulevar del siglo XX. El Paseo ha acabado siendo ese tipo de contenedor un poco de todo, menú degustación, al que somos tan dados, en el que coincide al mismo nivel lo que pudo ser y lo que acabó siendo. Un simulacro de ciudad universitaria, hospitales, y un espacio central que quizá es una de las más grandes fábricas de hojas del sur del Mediterráneo. Y el Colegio Mayor Luis Vives, de Javier Goerlich, que veo media docena de veces al día, con vergüenza, temiendo que algún día se acredite su ruina. Esas fotos antiguas de los campos de la huerta permiten afirmar que de poco sirvió el sacrificio de la expropiación si la utilizamos para hacer cualquier cosa, comerciando la belleza rectilínea de los campos por avenidas que no son más que calles anchas. Fue producirse el desalojo de los okupas, y el Colegio Mayor, y memoria en su factura del desaparecido edificio del Club Náutico, ha vuelto a languidecer. No le pongan nombre de calle a Javier Goerlich, y restauren el edificio. Estoy dispuesto a inventarme, como fábula instrumental, un dietario apócrifo que demostrara que durante la guerra el edificio albergó alguna dependencia gubernamental, o que alojó en 1937 a Octavio Paz o a André Malraux, aunque fuera mentira, a ver si por simpatía tricolor al edificio le caía una migaja. Las ventanas tapiadas son el mejor símbolo de nuestra dejación, y habilitarían la declaración de una moratoria, de manera que no se permitiera edificar ni un metro cuadrado de obra nueva a la Universitat de València, en tanto no rehabilite el edifico de Goerlich, convenza a alguna mecenas de su bondad, o se ceda a alguna institución capaz de rescatarlo. El problema nunca está en la ocupación, sino en nuestra indiferencia ante la ciudad eternamente inacabada.

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