En la ciudad sin río

Desde la atalaya acuática, Valencia era una serpiente verde y un retablo de cúpulas y torres

RAFA LAHUERTA YÚFERA

Entre 1997 y 2007, un ciclón vestido de rojo sacudió la ciudad. El destello del glamour resultó una droga muy adictiva. La nueva política de la vieja política parecía un anuncio de compresas: deslumbrar al electorado con palabras sacadas de los manuales de autoayuda. Cómo llegamos ahí es una temporada de 'Mad Men', quizás dos, un proceso inefable de fascinación y gregarismo, las grandes fórmulas de la posmodernidad. El hechizo tampoco era casual; la postal festiva de la Marina hipnotizaba y el punto de luz maceraba todas las promesas. Parecía un cuento con final feliz. En esa maniobra exhibicionista, Valencia ajustaba cuentas: con su pasado, con su ausencia de relato bíblico en los grandes púlpitos de lo literario, con su propia identidad perpleja. En ese nuevo marco, la Cenicienta del Mediterráneo dejó de ser una gran desconocida: las portadas de medio mundo la elevaron al pedestal de lugares con encanto.

Seguramente debí asomarme a la dársena, participar del festival de la Copa, disfrutar de la ciudad fluvial rendida a su mar. Debí hacerlo, pero no lo hice. Por pereza, por desinterés, porque mi atención estaba en otras esquinas, en otros menesteres, al servicio de otras obsesiones. Fue un verano anómalo. Los domingos por la mañana llevaba a mi mujer al trabajo y subía a la piscina aérea del Expo Hotel. Desde la atalaya acuática, Valencia era una serpiente verde y un retablo de cúpulas y torres. El río había mutado en jardín. En esa terraza de aguas portátiles, el juego consistía en proponer alternativas. Una ucronía matizaba el impacto de la riada de 1957. Con la ciudad a mis pies imaginaba el río navegable. Era verosímil pescar en el muelle de las Torres de Serranos mientras una gabarra llamada 'Vapor del Turia' hacía rugir sirenas imaginarias.

A la hora de comer recogía a Eva y cruzábamos la ciudad en vespa camino de Gavines, en el Saler. Nos comíamos la paella entre pinos y volvíamos a Valencia. En aquella época mi mujer trabajaba en la calle Pintor Genaro Lahuerta, detrás de Viveros, en el Punto de Encuentro Familiar. El sopor de la sobremesa agosteña era delictivo. En lugar de irme a casa o volver a la piscina dedicaba la tarde a vagar. Lo escribió R. Argullol: «Hay que vagabundear a sabiendas de que se trata del trabajo más refinado». Si en invierno los domingos por la tarde forjan el carácter, en verano lo irradian de pesadumbre luminosa. La pesadumbre luminosa es un oxímoron que describe con precisión el espíritu de Valencia en agosto. Por terquedad poética insistía en la acumulación de chaflanes quebrados. Al borde del colapso organizaba rutas para fijar en la memoria futuras ensoñaciones; a pie, en moto, en un funicular imaginario que bajaba desde el Micalet hasta las Torres de Quart. Debió ser entonces cuando empecé a perfilar la paradoja de la ciudad sin río, una novela condenada al olvido, como corresponde en tiempos de Masterchef, Operación Triunfo y las series de culto. La escribí a ratos muertos, sin más pretensiones que poner a prueba mi constancia y deshacerme de la densidad enfermiza de un puñado de recuerdos inventados. De fondo, el mito de la gran novela de la ciudad empezaba a descomponerse en la galería de los cadáveres exquisitos del siglo XX. A medida que el texto avanzaba yo mismo reconocía mi fracaso. Estaba atascado en una pulsión finiquitada. La complejidad se ha vuelto sospechosa y lo local ha sido arrasado, tal y como predijo Pasolini. Una narrativa que intente refundar el espacio mítico de una ciudad secundaria está condenada a la doble incomprensión. El mercado hace tiempo que dictó sentencia: la novela negra se ha impuesto como paradigma único de novela urbana. Esa forma de narrar premia la voracidad del argumento y el tintineo del misterio. Las bajas pasiones hacen el resto. Seducen por la alegoría del morbo como fuente de conocimiento y plenitud. Una plenitud irreal, basada en la acumulación de experiencias y en la insatisfacción permanente. Somos marionetas de ansiedad. En 'La Caída', Albert Camus sostiene que el hombre moderno lee el periódico y fornica. 60 años después conviene matizarle. Leer periódicos y fornicar ya no van de la mano. Ahora lo que cuenta es tener una APP que te señale el lugar exacto de la cita a ciegas. Y puede entenderse. Ninguna portada supo anticipar que también la Capital de la Vela moriría de éxito. Un éxito efímero que nos puso en el mapa y nos sacó de la realidad. Otra serie de culto en tiempos de amores líquidos y pasajeros. Una novela negra con la mujer de rojo abandonada a su suerte en un hotel lejos del mar. Demasiado evidente para llevarlo a la ficción. Demasiado triste como para no sentir piedad. Por ella. Por todos. Por esa ciudad de polvo entregada a la luz y al caos.

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