La otra ciencia

Arsénico por diversión

La situación de Hawking no era la de la media de quienes viven enfermedades como la suya

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

A Stephen Hawking no lo hubiéramos conocido de no ser por su silla de ruedas y su sintetizador de voz. Es duro decirlo pero, probablemente, es cierto. Podemos averiguarlo enseguida: ¿Cuántos científicos actuales es capaz usted de citar? No me refiero a los clásicos que todos hemos estudiado en las clases de Ciencias: Einstein, Newton o Darwin. Hablo de quienes hoy están haciendo ciencia o la han hecho en los últimos veinte años. Sabemos de aquellos que salen en la tele y no siempre con motivo de sus descubrimientos y conocimientos. Con suerte, algunos vimos el universo de la mano de Carl Sagan; imaginamos un futuro no siempre esperanzador con Isaac Asimov o aprendimos cómo eran los océanos con Jacques Cousteau. Pero no debemos engañarnos: todos ellos se han hecho famosos por su aparición en televisión con afán divulgativo o por publicar novelas, no por haber avanzado sus investigaciones en prime time. Sin duda, la divulgación es una tarea esencial y digna de elogio. No todos los que incrementan el saber tienen habilidad para explicarlo de forma clara y amena. Tampoco, aunque lo sepan hacer, concitan el interés de los medios de comunicación. Pero Hawking sí lo consiguió por sus peculiares circunstancias vitales. Tal vez si no hubiera demostrado su tesón y su sentido del humor para enfrentarse a una vida tan difícil, solo los especialistas hubieran conocido su visión sobre los agujeros negros. Ni siquiera en estos momentos muchos podemos afirmar que entendíamos de lo que hablaba. Pero sabemos que hablaba. Aunque un aparato lo hiciera por él.

Tal vez no nos enseñó ciencia, pero Hawking nos enseñó a vivir. A vivir a pesar de todo. Aunque no se le recuerde como humanista, su enseñanza en ese campo fue más poderosa que la de su propio terreno. Sin embargo, hay que reconocer que su situación no es la de la media de quienes viven enfermedades como la suya. Ni en ayudas, apoyo social, o un entorno de plena integración. Hawking pudo, incluso, experimentar la falta de gravedad en un avión preparado para ello, aunque se quedó con ganas de viajar al espacio. En cambio, la mayoría de enfermos de ELA se dan con un canto en los dientes si pueden disponer de una persona que les saque a tomar un poco el sol en el parque y si pueden pagarse una silla de ruedas y una cama articulada. El coste anual de su enfermedad, para una persona con ELA, es aproximadamente de 30.000 euros. Imposible para la mayoría. Sin duda, es importante el mensaje de Hawking animando a no rendirse nunca pero él mismo admitía que no hubiera llegado a su edad si no hubiera tenido la calidad de cuidados que había tenido. Eso falta a todos los demás. Se habla mucho de muerte digna, y sin duda es necesario abordar el debate, pero tan urgente es el de la vida digna, plena y con opciones para quienes están en la misma situación que Hawking. Que elijan pero que lo hagan con el mismo abanico que los demás.

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