Churchill y la historia

La enseñanza del premier británico para los políticos actuales es que no hay que vivir en la historia sino identificar las amenazas y proyectar la alternativa de un futuro mejor

Ya sé que la historia será muy amable conmigo porque tengo la intención de escribirla yo» dijo el irreprensible primer ministro británico, Winston Churchill. Su actitud era comprensible. Al igual que la mayoría de los políticos, Churchill quería proteger su propio legado para la posteridad sin dejar nada a la suerte. Y él sabía lo que hacía. Había sido periodista e historiador y entre sus muchos galardones era premio Nobel de Literatura.

En realidad, estaba muy claro que Churchill no tenía por qué preocuparse. Ahora más que nunca, los estanterías de las librerías en el Reino Unido se llenan de libros sobre Churchill y su momento más noble, la segunda guerra mundial. Y durante los últimos meses se han lanzado tres películas centradas en el papel decisivo de Churchill en el conflicto, taquillazos todas. Por desgracia, este legado sobresaliente de Churchill ha tenido consecuencias negativas no para él sino para el país. Muchos británicos prefieren vivir con los fantasmas de la historia en lugar de enfrentarse a los problemas del futuro. Uno de los resultados de este planteamiento es el voto para que Reino Unido abandone la Unión Europea, el 'brexit'. Pero el deseo de vivir en el pasado -muy evidente también en algunos otros países europeos- demuestra un problema profundo con la UE actual: la falta de una visión sobre el futuro. Quizás, con excepción de Emmanuel Macron, no haya estadista europeo capaz de explicar el camino del continente en los próximos años o articular un futuro que inspire. Europa necesita un nuevo Churchill, no para huir al pasado sino para indicar el futuro.

Lo cual no quiere decir que la trayectoria de Churchill fuera un éxito sin reservas. La mayoría de las carreras políticas tienen sus altibajos. La de Churchill no resultó una excepción. Fue diputado en Westminster durante más de medio siglo, miembro de varios gabinetes y ocupó todos los oficios principales del Estado. Sus errores fueron muchos y, a veces, muy graves. Tomó una decisión catastrófica en la primera guerra mundial -la invasión de Gallipoli en Turquía- y se vio obligado a dimitir. No entendía la pobreza ni la desesperación de las clases obreras de los años 20 y ordenó a las tropas abrir fuego contra unos mineros en huelga.

Luego, en la década de 1930, con su carrera completamente estancada, Churchill adoptó dos causas. Una casi arruinó su reputación. La otra le llevó a Downing Street como primer ministro. Durante los años 30, la mayoría de sus colegas en el Parlamento identificaban a Churchill como el defensor más dogmático del imperio británico. En concreto, Churchill odiaba la idea de la independencia de la India y, aún más, detestaba al líder del nacionalismo indio, Mahatma Ghandi. Dado que Ghandi llegó a convertirse en uno de los iconos del siglo XX, solo se puede describir la postura de Churchill como un error de criterio total. Pero Churchill fue un imperialista sin más. Él creía, hasta la médula, en la democracia y el estado de derecho. Su error garrafal fue opinar que algunos pueblos no estaban a la altura de gobernarse de forma democrática.

Fueron estas creencias en la libertad, la igualdad ante la ley y la democracia (aunque solo para algunos) las que le condujeron a su mayor triunfo. En algunos aspectos Churchill era más matón que caballero e inmediatamente reconoció la amenaza que presentaba otro matón: Adolf Hitler. Cuando la política de apaciguamiento estalló en pedazos, en 1940, Churchill era el hombre perfecto para liderar la defensa del mundo civilizado contra la barbarie del nazismo y el fascismo. Con su don de la palabra y voluntad inquebrantable, Churchill produjo una visión que todavía pone la piel de gallina. Cuando dijo «llegaremos hasta el final, lucharemos en Francia, lucharemos en los mares y océanos, lucharemos ... en el aire; defenderemos nuestra isla, cualquiera que sea el coste; lucharemos en las playas ... lucharemos en los campos y en las calles; lucharemos en las colinas; nunca nos rendiremos ...» todo el mundo entendió que hablaba en serio y se lo creyó.

Churchill capturó lo que los alemanes (irónicamente) llaman el Zeitgeist -el espíritu de la época-. Otros políticos han podido hacer esto también. En España, Felipe González -también un mago de la comunicación- personificó una visión del futuro que sacó al país adelante dejando atrás la dictadura para siempre. Desafortunadamente para los políticos, la capacidad de capturar el espíritu de la época, el zeitgeist, no suele durar. En 1945 Churchill fue desalojado de Downing Street por un voto masivo a favor del socialismo, y en 1996 la carrera de Felipe se terminó, enredado en unos escándalos. Pero las conclusiones sobre Churchill para los dirigentes de hoy son evidentes. No es vivir en la historia sino identificar las amenazas reales de la actualidad y proyectar una visión alternativa de un futuro mejor.

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