CHOZA DE ELFO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Cuando les dije adoptando aire de «lo tengo todo controlado» que me habían concedido un crédito, mis padres derramaron sobre mi chepa una mirada de catarata melancólica pespunteada de preocupación. Ellos nunca pidieron un préstamo. Se funcionaba con el sueldo paterno de gama media. No sólo eso, sino que ahorraban porque lo de la prevención estaba incrustado en sus genes. La generación de mis padres conoció los rigores de la posguerra. Sabían que el mundo, un buen día se quiebra, por lo tanto el ahorro suponía una medida sensata destinada a menguar los desastres de un incendio, un terremoto, una enfermedad, una guerra o cualquier imprevisto que te funde la rutina. Con aquel dinero compré un atiquito que bauticé como «piso bonsai». Luego prosperé, prueba de ellos es que conseguí aumentar mi deuda para agenciarme otro ático más grande, esta vez bautizado como «palocueva». «¿Todavía debes dinero?», me preguntó no hace mucho mi madre. Apunté mis ojos contra el horizonte y asentí. No le confesé el montante de la deuda para no amargarla. Tampoco investigó, se limitó a ladear la cabeza y hundió su nariz contra las páginas del periódico. Sentí que la derrota era mi leal compañera. Cuando escucho a los que tratan de cargarse el techo del gasto intento imaginar de dónde les viene esa generosidad descabellada, si creen que el dinero, además de nuestros impuestos, emerge desde las lagunas azules de nuestro subsuelo como si fuese un maná inverso. Ya que nuestras economías domésticas permanecen encadenadas a la hipoteca, me gustaría que la macroeconomía del gasto de nuestro gobierno chocase contra un muro para evitar desparrames que sólo conducen al abismo. La cota del gasto público convendría encajarla bien bajita, en plan techo de choza de elfo. Frente al despilfarro, la gestión óptima.

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