Choque

Quizá fuimos todos, partidos, sociedad, tribunales y medios, demasiado tibios y transigentes con el asunto catalán

F. P. PUCHE

Quizá, sí, debí haber reaccionado de otro modo. Quizá aquél lejano día barcelonés, en los noventa, cuando aquel hombre tan importante dejó al grupo, cruzó la oficina entera a grandes pasos y se dirigió a una empleada para afearle y corregirle, en público y en alta voz, la palabra que había empleado incorrectamente en catalán... quizá, en efecto, debía haberle respondido, también en voz alta, que era un nacionalista insufrible y un maleducado ridículo.

- No es diu «folleto», cal dir opuscle, senyoreta...

- Vaja vosté a la merda...

Quizá, sí, fuimos todos tibios, demasiado dúctiles. Quizá nos creímos, y seguimos creyendo, que la receta de Ortega y Gasset, esa recomendación de «sobrellevar» el problema catalán, y de hacerlo con buen talante, como el que tiene una verruga o se ha quedado calvo antes de hora, era la más conveniente para que las fichas del dominó nacional fueran haciendo combinaciones afortunadas, aunque la partida la ganaran siempre los mismos. Quizá la ausencia de malicia no nos hizo recelar y creímos que era mentira -«infundios de los de siempre»- que CiU siempre tenía un tío, o dos, en los puestos donde se tomaban las decisiones estratégicas sobre los puertos, los túneles pasantes y las autovías -los 'cabañales' y los 'bypases' también- con el fin de favorecer los intereses catalanes en detrimento de los valencianos.

¿Hubiera servido de algo levantarle la voz al honorable Pujol en aquella comida íntima de la Casa de los Canonges cuando se enfadó porque le preguntaste dónde tenía puesto el «sostre» de sus reivindicaciones nacionalistas? ¿Hubiera sido práctico decirle un «sí toca» cuándo se tiró de encima la pregunta, cansado ya de que Felipe González y Aznar le hicieran día y noche la pelota?

No lo sé. Lo medito ahora, pienso en la tolerancia larga y pringosa de los partidos, los tribunales y los medios de comunicación porque la política catalana es de una sutileza capaz de imponer la convicción de que ir contra sus pesadillas es ir contra la naturaleza de la democracia.

Desde hace años se había asociado el proceso soberanista catalán a la imagen de un choque de trenes. Pero en estos días de intento de golpe de estado retransmitido, cuando veo al fiscal general y al presidente del Supremo, cuando escucho al Tribunal de Cuentas, pienso que la metáfora no era adecuada: no se trata de dos trenes, dueños de la misma vía por igual, que avanzan empecinados y en dirección opuesta, sino de un tren que hace ya unos cuantos años se empeñó en chocar contra un convoy en el que circulamos los españoles desde 1978: a trancas y barrancas, con nuestras dificultades, unos en cabeza y otros a la cola, pero conviviendo y avanzando, que es lo que cuenta.

Hemos empezado la temporada, como se ve, con asuntos de gran calado. Y el alcalde de Valencia nos consuela diciendo que no hay legislación que garantice el derecho ede los coches a estacionar en la calle. Días de filosofía profunda.

Fotos

Vídeos