De chicas

Es cierto, cada ser humano es distinto, pero no lo es necesariamente por su género

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

Si hay algo que me fastidia del machismo sutil que apenas percibimos es la convicción de que hay cosas «de chicas»: revistas femeninas, planes de chicas, regalos para ellas o películas románticas para mamá. Será porque ya de pequeña me gustaban más los juguetes de mi hermano que los míos. No me refiero a los Madelman, que me parecían muy brutos, ni al fútbol o los vaqueros, que al final se resumía en ganar unos a otros, sino a los juegos de construcción y los de conducir. Y a los Clicks. Hubiera dado un mundo por que me regalaran el castillo, el galeón pirata o la legión romana. Pero eso eran juegos de chicos. Yo tenía que pasar la mopa, servir el té y vestir a mis muñecas. Y salvo la Nancy y Patoso, que era mi preferido, por evidente proyección psicológica, jugar a mamás y papás me aburría soberamente. A mí me divertía inventar, crear, pintar, imaginar una ciudad y moverme por ella; quería descubrir el mundo y saber que podía comérmelo. A veces, literalmente, lo admito. La cuestión era huir del rol de ratita presumida, lalara larito, limpio mi casita y, entre pucheros y lavadoras, cuido de mis retoños. Eso explica mis resistencias de siempre a regalar cosas de limpieza y de cocinitas a las peques de la casa, aunque me lo pidieran para Reyes.

Por eso me enfada cuando aún hoy se contemplan algunas carreras o trabajos como propios de chicos y otras, de chicas. La Ciencia es una de ellas. Por fin, en los últimos años, se viene celebrando el Día de la Mujer en la Ciencia cada 11 de febrero con un impulso público mucho mayor que el de antes. Es necesario. Todavía hay quien dice «eso no es para chicas» cuando una hija revela que quiere ser química, ingeniera o astronauta. Y, acto seguido, le recomiendan pensar en Publicidad, Magisterio o Farmacia. No es cierto, como se dice, que las mujeres tengamos más mano para Educación Infantil o los hombres, más visión espacial para Arquitectura. Lo que tenemos, unos y otros, son cosas que nos apasionan y la infancia es un periodo maravilloso para ofrecer a los niños contacto con todas esas realidades para que las conozcan y muestren cuál les enamora. A mí me pasó hace mil años con la letra impresa. Y leía libros de mayores y escribía con letra redondita cosas que se me ocurrían. Y un día toqué un ordenador por primera vez. Fue un flechazo. Tardé mucho en tener uno pero desde entonces escribo en pantallas que me encantan. Escribir también era cosa de hombres hace siglos. Lo peligroso es que aún pervive la convicción de que hombres y mujeres somos distintos para pensar y trabajar. Es cierto, cada ser humano es distinto, pero no lo es necesariamente por su género. Ya es hora de erradicar el prejuicio de intereses, aficiones o gustos. La ensalada, el agua y la sacarina pueden ser para él. La cerveza, el bistec y el café, para ella. Y si él puede ser cocinero o pediatra, ella puede ser física o uróloga. Lo que quiera ser.

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