Un centro vacío

Pablo Salazar
PABLO SALAZARValencia

El proceso no es exclusivo de Valencia sino común a todas las ciudades europeas grandes y medianas que se están viendo colonizadas por un fenómeno imparable y que va a ir a más, el del turismo urbano. No hay más que pensar en el número creciente de visitantes chinos, una tendencia que no ha hecho más que empezar y que si se consolida multiplicará la llegada de turistas de manera exponencial. El sector turístico ha salvado a la economía española en los peores años de la crisis. Sería por tanto absurdo criticar un modelo que da empleo a millones de españoles, que genera riqueza y cuyo futuro a corto y medio plazo parece garantizado, frente a las dudas que generan tantas otras actividades productivas. Pero algunos de sus efectos pueden llegar a ser muy negativos. Y uno de ellos es el que están sufriendo los centros históricos, la Ciutat Vella en el caso valenciano, ese amplio espacio que delimita la llamada ronda interior (la del 5, el antiguo trazado de la muralla), integrado por siete barrios (el Carmen, el Mercat, la Seu, la Xerea, Velluters, Universitat y Sant Francesc) y que poco a poco se está vaciando de vecinos. La lógica económica impone su ley, los bajos comerciales se los quedan franquicias que pueden pagar los elevados alquileres, por lo que desaparece el comercio de barrio, el tradicional, las fruterías, hornos, ferreterías... En su lugar crecen por todas partes restaurantes, panaderías-cafeterías, bares y pubs, así como hoteles y apartamentos turísticos que se llenan de jóvenes con muchas ganas de fiesta y poco respeto por el derecho al descanso de los vecinos. Los problemas endémicos del centro (falta de aparcamientos para residentes, de guarderías, de parques con zonas para juegos infantiles...) no sólo no se han solucionado sino que han ido a más, por lo que vivir en estos barrios ha quedado reservado para parejas sin hijos y en muchos casos sin coche, a los que no les importan estas carencias. Los mayores aguantan pero no se produce la imprescindible renovación generacional para que un barrio no se convierta en un geriátrico, otro de los riesgos para la Ciutat Vella. Y por si fuera poco con el turismo, las fiestas que organiza el tripartito de Ribó (¿hay algún valiente que pueda vivir en la plaza del Ayuntamiento o en sus alrededores?) más las despedidas de soltero que campan por sus respetos en el Carmen convierten toda la zona en un territorio hostil para sus vecinos, acústicamente saturado, repleto de basuras y de restos de las juergas nocturnas. Mañana se presenta una iniciativa ciudadana, 'La Ciutat Vella que volem', impulsada por un colectivo de asociaciones que pretenden parar el progresivo despoblamiento del centro histórico. Una iniciativa loable pero que tal vez llega cuando ya es demasiado tarde.

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