Censura

JUAN FRANCISCO FERRÉ

Censuran el arte porque no pueden censurar la realidad, escucho en una tertulia televisiva. Cuando estalla el escándalo en Arco, saltan las alarmas y las opiniones inquietas. España no es una democracia madura. Están en peligro los derechos fundamentales. La libertad de expresión es demasiado seria para dejarla en manos de periodistas sin escrúpulos. El latoso tema catalán debilita la fibra moral del país. Y ahora, para colmo, este artista pejiguera metiendo el dedo en la llaga de los presos políticos en la España de Rajoy. Y todo en la misma semana en que Marta Sánchez nos da la alegría de encontrarle letra sin sangre al himno nacional. El dios y la patria de Marta Sánchez no se merecen esta ofensa. Algo así de complejo debió pensar el presidente de Ifema antes de negociar con la galerista el desguace de la pieza de resistencia de Santiago Sierra. Por qué llamarlo censura, sugería la disculpa forzosa, cuando era solo un ejercicio de pragmatismo al servicio de nobles causas.

Fue un error estratégico. Nadie responsable entendió que el arte contemporáneo más inteligente no realiza sus fines publicitarios sin colaboración externa. Si además se reviste de ironía institucional, la obra no está acabada hasta que un representante del poder tome la decisión fatal que el artista previó para rematar la faena. Más allá del mensaje directo, la instalación fotográfica de Sierra requería, para generar denuncia, la torpe intervención del directivo que ordenó su retirada fulminante del «muro de la vergüenza». Una parte importante de su sentido consistía, precisamente, en jugar con la polisemia de las categorías políticas y desnudar la banalidad de los discursos partidistas. Al venderse después a un millonario mediático catalanista, la serie de imágenes pixeladas simplificó su polémico discurso, transformándolo en mercancía de propaganda.

La libertad de expresión supone siempre expresión de libertad. Y, como cualquier otra libertad, exige ponerse a prueba, cuestionar sus límites o su eficacia real. Nunca es gratuita. Expresarse en libertad entraña riesgos. No es un acto impune. Una sociedad democrática vigila todo lo que sucede en su interior con celo absoluto. El principal enemigo del arte no es la censura sino la indiferencia. Un creador serio reconoce que su obligación es transgredir, con sus audacias y provocaciones, las limitaciones y controles que la cultura de su tiempo impone a la libertad de expresión. Pero no hay arte sin neuronas, como decía el gran Forges. La agresión y la violencia no representan signos de libertad expresiva. Mientras las graciosas viñetas del dibujante fallecido nunca apelaron a la censura sino a la inteligencia crítica del receptor, las letras infames del rapero condenado son un insulto a la inteligencia y una invitación al silencio de la ley. La libertad de expresión desprovista de inteligencia degenera en barbarie o en cursilería. Fin del discurso.

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