El cementerio de África

DIEGO CARCEDO

Escribo mientras un barco con 629 refugiados a bordo divaga por el Mediterráneo sin encontrar donde ponerles a salvo de la tragedia que están viviendo. Cuando cada año llegan estas fechas, nuestro preferido mar de canciones y poesías desdobla su faz, una cara alegre de vacaciones y otra triste de dolor: una ofrece a los visitantes el atractivo de sus playas, de su sol y de su hospitalidad de lujo; la otra convierte sus aguas azules en un verdadero drama cuando no en un cementerio para millares de personas donde yacerán para siempre sin que nadie repare en su identidad, raza, condición social, ideología o religión. Es el sepulcro que Europa ofrece gratis, particularmente a los que huyendo de la guerra y el hambre quieren visitarla y compartir el trabajo a cambio de algo del bienestar que aquí disfrutamos.

Millones de migrantes y refugiados esperan una oportunidad, por arriesgada que resulte, de cruzar al mar de sus sueños sin saber la suerte que les espera. Las migraciones son un problema para quienes la intentan en sus ansias de mejorar y para quienes desde el poder se consideran obligados a frenarlas, aunque sea a costa despiadada de sus propios sentimientos humanitarios. Es el drama que se deriva de la necesidad temeraria de unos y de la insolidaridad de otros.

El mal reparto de la riqueza está detrás. El hambre es el principal estímulo a pesar de que tampoco hay que desdeñar el derecho de una persona a querer prosperar y mejorar sus condiciones de vida y perspectivas de futuro. Las migraciones no manejan armas, pero causan más víctimas que las guerras. Todos los años son centenares de vidas las que se pierden en el intento. El Mediterráneo no es ni el único ni siquiera el peor de los escenarios de la tragedia, pero para los europeos es el que tenemos más cerca.

Cuando llegan estas vísperas veraniegas, decía, el número de desgraciados que lo intenta aumenta lo mismo que el número de víctimas que acaban en el fondo abisal. La ignominia de las mafias que trafican con las ilusiones y la necesidad de sus víctimas encierra una enorme responsabilidad, mal perseguida e insuficientemente penalizada. Son los principales culpables de que la aventura que emprenden muchos semejantes acabe mal: en una deportación a los lugares de origen y, lo peor, lo que estremece, con su sueño y su propia existencia sumergiéndose entre las olas que otros disfrutan en embarcaciones de recreo.

Es comprensible y legalmente irreprochable que los países desarrollados pongan límites a tantos inmigrantes como llaman a las puertas. Pero es muy deplorable para la condición humana que las grandes potencias militares, económicas y políticas occidentales no encuentren soluciones dignas de vida para quienes tienen que arriesgarse tanto por encontrarlas.

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