Cataluña y Valencia, después del procés

Cataluña hace tiempo que dejó de ser un espejo en el que los valencianos pudiéramos mirarnos

CARLOS FLORES JUBERÍAS

Hace ya algunos meses, cuando el 'procés' se hallaba aun tomando impulso, hizo José María Aznar una predicción que los acontecimientos posteriores al 1-O ha demostrado dramáticamente certera: la de que antes de lograr romper con España, el nacionalismo catalán acabaría rompiendo a la propia Cataluña. Una predicción que de haber sido hecha desde estas tierras y no desde la meseta, muy probablemente habría podido venir acompañada de otra que el tiempo está demostrando igualmente cierta: la de que antes de lograr romper con Madrid, el nacionalismo catalán acabaría rompiendo con Valencia.

Durante décadas, Cataluña ha ejercido sobre los valencianos una peculiar fascinación, a la que han sucumbido muchos intelectuales, bastantes políticos y contados electores. El tradicional dinamismo de la economía catalana, unido a la orgullosa defensa de sus señas de identidad, al proverbial cosmopolitismo de Barcelona, y -por supuesto- a la envidiable capacidad de influencia de su hábil clase política en Madrid persuadió a muchos de que la solución a nuestros problemas era «ser como los catalanes», y a unos pocos de que -ya puestos- debíamos «ser catalanes». Pero tengo para mí que esa fascinación va a acabar siendo -si no lo es ya- otra de las víctimas colaterales de esa carrera hacia el abismo que conocemos como el 'procés'. Con una autonomía suspendida, una economía en regresión y una sociedad civil partida en dos, pero -sobre todo- con un nacionalismo fanatizado e insolidario, que no solo ha perdido toda capacidad de influencia en Madrid sino incluso toda capacidad de seducción sobre los sectores más dinámicos del país, Cataluña hace tiempo que dejó de ser un espejo en el que los valencianos pudiéramos mirarnos. Por no mencionar que las anteojeras que los líderes del nacionalismo catalán se colocaron para que nada ni nadie desviara su atención del 'procés' les ha impedido percatarse de las dramáticas consecuencias que su victoria habría tenido sobre sus relaciones con Valencia, a la que el nacionalismo catalán siempre había mirado por encima del hombro, y ahora sencillamente ha dejado de mirar por completo. Y que nadie se engañe: que después de todo lo que ha sucedido en estos meses la incursión de Joan Tardà al sur del Sénia no pasara Vinaroz, y no congregara sino a cuatro 'mataos', no contradice cuanto digo, sino que lo confirma.

Hace ya algunas décadas hizo Joan Fuster una afirmación a la que la historia brindaba un sólido aval y que acabó marcándose a fuego en toda una generación de intelectuales y políticos: la de que lo que él llamaba «País Valenciano» llevaba siglos siendo tratado por Castilla como una vulgar periferia. Una tesis que de haber sido hecha hoy y no en 1962, quizás habría podido venir acompañada de otra más cierta todavía: que los primeros en tratarnos como una vulgar sucursal han sido los propios nacionalistas catalanes. Y los valencianos nos hemos dado cuenta.

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