Cataluña: el drama está en escena

ANTONIO PAPELL

A yer, a última hora de la mañana, el PSOE retiraba su enmienda a la propuesta de aplicación del 155 en el Senado que trataba de preservar la reversibilidad de las medidas. Aquella decisión significaba que desistía de buscar una solución razonable, pacífica, posibilista al conflicto catalán y que se resignaba a lo peor: a favorecer la restauración imperativa de la legalidad vulnerada aparatosamente por unos cuadros independentistas que, a juzgar por lo que se ha escuchado en el Parlamento de Cataluña, alientan un odio primario y atávico hacia España, utilizan una noción rudimentaria e insuficiente de democracia, no han medido las consecuencias de sus propios actos y no han tenido empacho en llevar a los catalanes a un camino arbitrario de empobrecimiento, ruptura, tensión, ira y dolor que puede durar años. Probablemente, las generaciones sucesivas no perdonarán a los Mas, Junqueras, Forcadell, Puigdemont, etc. la pesada herencia que dejan tras de sí, que interrumpe abruptamente una andadura de fluida convivencia y creciente prosperidad que duraba cuarenta años. España, señalada como Alemania por la historia por la malsana facilidad con que se ha embarcado en sanguinarios conflictos en el siglo XX, había adquirido un prestigio indudable por la manera como supo salir de la cruenta dictadura. Ahora, la espantada catalana por razones bien poco edificantes nos embarca en un nuevo conflicto visceral, actualiza nuestra tópica incapacidad para convivir, resucita la imagen más negra del carácter español, del que participan penosamente, lo quieran reconocer o no, los propios catalanes.

Por añadidura el desencadenamiento de la declaración de independencia ha sido penoso, tras una patética vacilación del débil e inseguro Puigdemont, presionado como una marioneta por los más radicales y por esa caterva de cobardes que han pretendido endosarle toda la responsabilidad sin dar la cara -han logrado incluso que la votación final fuera secreta para eludir responsabilidades-, como el melifluo Junqueras. Presionado también en sentido contrario por las escasas mentes lúcidas del PDeCAT. La culpa de lo ocurrido la tienen quienes han cometido la secuencia de ilegalidades con las que han traicionado un ordenamiento común que no era en absoluto impuesto. Y quienes han incurrido en esta objetiva subversión tendrán que pagar por ello. Con todo, mientras el Gobierno cumple con su obligación de acuerdo con la autorización que ha obtenido del Legislativo para restaurar la legalidad, todos deberemos hacer en algún grado examen de conciencia.

Porque estas crisis, aunque desencadenadas por grupos díscolos que aprovechan las rendijas del sistema para colarse por ellas, suelen ser el resultado de grandes errores colectivos. Nuestro Estado de las Autonomías no fue precisamente una obra de arte (y deberemos reconocerlo y reconstruirlo).

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