Mi casa es un hotel

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Hace unos días, no sé por qué, se me ocurrió dar una vuelta por mi casa natalicia, en la calle del Turia. Y más allá de constatar que todavía no se ha puesto placa, recibí de labios de una vecina una información inquietante.

-Salvo en el primero, donde viven las familias de siempre, todo lo demás, cinco plantas, ya son habitaciones o casas de alquiler a turistas...

Se me vino el alma a los pies: mi casa, la casa que mis padres alquilaron en 1944 para fundar su nido de amor... habitada por semanas por gente extraña. Más de cincuenta años de desvelos y esperanzas de una familia entera, confiados a desconocidos turistas de mochila. Allí hay una habitación enorme, la alcoba de mis padres, donde la comadrona abrió la caja tocológica y yo vine al mundo. ¿Seguro que lo sabrá el italiano que está alojado ahora sin mi permiso? Con vistas a la calle, allí está el dormitorio reservado a mi hermana, el recibidor amplio donde estaban los cuadros más presentables, el comedor con aparador y vitrina, el despacho de mi padre con su máquina de escribir... ¿Existirá aún aquella bañera profunda y respetable?

Lo que más me angustia, desde luego, es imaginar quién dormirá en el cuarto donde pasé tantos años con mis cromos, mis dibujos, las octavillas de anuncios de cine que me traía mi padre en sus viajes y la colección de libros Pulga. Sin respeto a nada de eso, ignorante de todo, ¿qué hará allí el polaco que quiere ver la Ciudad de las Ciencias o esa china mandarina que va dando tumbos con un palo de selfie y una mochila?

En la Valencia que yo he vivido los cambios han sido radicales en lo que toca a hoteles y formas de viajar. Mis padres se fueron a Mallorca, en sus bodas de plata, y se hospedaron en el respetable Hotel Nixe, como debe ser. Cuando viajaban quienes debían hacerlo, o sea la gente de posibles, Valencia recibía viajeros serios que habitaban en el Hotel Reina Victoria o en el impecable Hotel Royal. Bing Crosby, Gregory Peck y Orson Wells durmieron en hoteles decorados con maderas nobles y respetabilidad; hoteles con empleados, llamados botones, que subían las maletas y alargaban la mano en espera de propina.

Hace cincuenta años, en la primavera de 1967, la cosa empezó a cambiar. El turismo, hasta entonces selecto y de clase, se hizo popular y masivo. Y las autoridades -acabo de descubrirlo en las páginas de LAS PROVINCIAS- convocaron una cumbre donde se llegaron a tomar medidas para garantizar las subsistencias de primera necesidad. Tuvo lugar en el salón Calixto III de la Generalitat, donde tiene ahora su despacho el señor Puig, y la presidió el comisario de Abastecimientos y Transportes, López de Letona, que luego fue ministro; docenas de alcaldes de la costa fueron convocados al cónclave, destinado, sobre todo, al arte y la ciencia de abastecer a las masas. La avalancha turística de 1967 fue de tal calibre que cundió la preocupación por si llegaba a faltar gasolina, pollos para asar, cerveza y gaseosa familiar o incluso papel higiénico.

Cincuenta años después, los ayuntamientos de las grandes ciudades, y algunos grupos políticos y ciudadanos, se inquietan por esas avalanchas de turistas que, más que alojarse, alquilan colchones por horas. ¿Por qué un hotel necesita unos requisitos para exhibir sus estrellas y en las casas particulares todo puede ir manga por hombro? ¿No hay normas sobre incendios como las hay en los hoteles?

Si el que duerme en la que fue mi habitación se pilla una mano en aquella persiana que iba mal de muelles ¿habrá un seguro que cubra el accidente? En no más de cinco años, un nuevo modelo se ha adueñado de la cultura del viaje y ha cambiado la cara de todas las ciudades. Todas están atestadas ahora de extranjeros que duermen allanándose unos a otros los recuerdos y el perfume de la historia que construyeron.

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