LAS CARTAS BOCA ABAJO

MANUEL ALCÁNTARA

Las dolencias de desamor solo se curan con la presencia y la figura. Por eso, el Tribunal Constitucional ha impedido, por unanimidad, que Puigdemont se nombre president desde lejos. Por mucha cara que se tenga, llega un momento en el que hay que darla y el expresident de la Generalitat tiene la obligación, en su caso inmoral, de acudir al Parlament. Lo que empezó siendo un embrollo es ahora un desbarajuste, y el taimado don Carles deberá acudir, solo en compañía de otros, al cónclave que se ha montado. Ahíto nos tiene Cataluña, pero es tan nuestra como de los catalanes, porque no únicamente se es de donde se nace, sino de donde se pace. El desafío separatista no podrá ganar el combate sin haber derrotado a los españoles que hemos nacido en otra parte, porque lo que no puede ser, no puede ser, y además es imposible.

Después de más de ocho horas de debate, los señores magistrados decidieron que el fantasma de Bruselas podrá presentarse a la investidura el día 30 de este mes, siempre que lo haga de manera presencial, pero resulta que está imputado por delitos de malversación, sedición y rebelión. Ahí es nada, aunque parezca todo lo necesario para ser investido president de la Generalitat después de obtener la «pertinente autorización judicial». El choque de legitimidades es lo que más favorece al nacionalismo porque nos hace olvidar que la nación es cosa de todos, no solo de los nacionalistas. El puzle catalán nos trae locos a todos, incluso a los que presumen de no haber perdido la chaveta. La resolución del Tribunal Constitucional no ha aceptado los argumentos de Rajoy pero va a impedir la llamada investidura telemática, que nadie sabe en qué consiste porque en España cada loco está con su tema. Investir a un prófugo no es cosa fácil, pero nadie habla de facilidades. Siempre son lo más difícil.

Fotos

Vídeos