Carnívoros

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

La aproximación al universo vudú de los muertos vivientes filmada por Jacques Tourneur y titulada «Yo anduve con un zombi» estremecía por su carga poética, inquietaba por su belleza y asombraba por ese transcurrir algo húmedo entre fantasmagórico y sensual. Se trata de una película atípica que te sume en oscuras cavilaciones porque su atmósfera destila el estallido melancólico de las grandes obras. Años después, en el 68, irrumpió George A. Romero con su 'La noche de los muertos vivientes' y la poesía de los zombis se convirtió en casquería, sí, pero en casquería de lujo. Vi el largometraje de chavalín y creo que todavía me dura el miedo. El bajo presupuesto les obligó a un blanco y negro granuloso, cutre, que sembraba de zozobra aquella mirada infantil. Y esos zombis, con su pachorro caminar escorado de gabarra sin timón, comían, masticaban, descuartizaban, evisceraban y extendían la epidemia. Romero inventó al zombi carnívoro y consiguió una metáfora bestial de nuestra insaciable rutina de consumo. Somos zombis de saldos, de playa y montaña, de veraneo de bajo coste, de mueble barato y de comida basura. Hemos organizado una fiesta zombi que es un puro carrusel diabólico de calderilla que va y viene. Y siempre tenemos hambre. Y siempre queremos más. Obsérvese hasta qué punto cuajó la naturaleza pútrida del zombi que hoy, dos de las series más exitosas (he dejado de verlas que ya me aburren), se ubican en un apocalipsis zombi donde el hombre se busca la vida para huir de las dentelladas de los muertos. Fíjense sí la subcultura zombi ha calado hondo en nuestra sociedad que a los enchufados de la mamandurria pública se les ha bautizado como «trabajador zombi». Bueno, pues todo esto se lo debemos a George A. Romero. Acaba de fallecer pero sospecho que resucitará para mordernos en la yugular...

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