CARLITOS Y FINLANDIA

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Marchó Boadella hasta Waterloo frente al casoplón de Puigdemont con el brillo de Tabarnia iluminando sus ojos de veterano farandulero que desmonta pompas ajenas y delirios de grandeza. Agarró un megáfono tamaño King-Kong: «¡Carlitooos... Carlitooos...!». Pero Carlitos no compareció para participar en ese encuentro de bajo nivel y algunas voces apuntaban que andaba por Finlandia pidiendo cariño, abrazos, un gorro tejido por un esforzado lapón dedicado a esa fértil industria artesanal, algo. Si no recuerdo mal Dalí le profesaba enorme tirria a organismos como la Onu, la Unesco y tal y tal. Los consideraba abrevaderos inútiles destinados a enchufar a un montón de burócratas que viajan por el mundo cobrando sueldazo.

Bueno, pues la Onu, basándose en asépticos parámetros, acaba de sentenciar que Finlandia es el país que simboliza la felicidad y que sus habitantes son los más felices de la galaxia. En efecto, aquí deseamos jubilarnos con una pensión digna para largarnos a Finlandia y encarar allí la última curva de nuestro camino. El frío extremo mantiene fino el cutis, dicen. Sin embargo, a ciertas edades un catarro te arrastra al sueño eterno, o sea que no sé yo. Al menos tengo tres amigos que visitaron Finlandia. Les he preguntado a raíz de esta explosión de felicidad. El primero me contestó: «Ufff...». El segundo «Ahggg...». El tercero me demostró que dominaba el noble arte de la oratoria: «En fin... Tío... Puesss... ¿La verdad..? Vamos... La peña muy, pero que muy triste tío...». Ninguno expresó hondos deseos por regresar a ese Shangri-La de hielo y, sospechamos, permanente congestión nasal. Carles o Carlitos Puigdemont, en una de sus exitosas giras internacionales, que al hombre se lo rifan, parece que está en Finlandia. Si decide quedarse provocará enorme felicidad entre millones de españoles.

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