CARGARSE DE RAZÓN

CARGARSE DE RAZÓN

Sánchez Ferlosio afirma que nadie expresaba mejor la paciencia sublevada que Oliver Hardy en las películas del Gordo y el Flaco

RAFA MARÍ

Páginas escogidas'. Buena selección del crítico Ignacio Echevarría de uno de los más grandes prosistas de la lengua española. En las 'Páginas escogidas' (2017) de Rafael Sánchez Ferlosio que publica Random House, uno de los artículos, titulado 'Cargarse de razón', le da vueltas a esa conocida expresión que Max Weber definió como un mecanismo «que construye la propia bondad con la maldad ajena».

Torpeza. La maldad o la torpeza, como las que Oliver Hardy tiene que padecer, con paciencia sublevada, a causa de los desastres que genera una y otra vez Stan Laurel, su ilógico y hiératico amigo del alma, en las estupendas películas del Gordo y el Flaco. «Los grandes genios de la mímica», escribe Sánchez Ferlosio, «son los que aciertan a dar gesto y expresión a auténticos y típicos mecanismos o actitudes generales de la psique humana. ¡Oh, que maravillosamente sabía representar el 'cargarse de razón' aquel inolvidable Oliver Hardy!».

Teléfonos. Algunas personas a menudo están 'cargadas de razón' cuando protestan por nuestras inadvertencias o manías irritantes. Pero ahora hablo de las veces que me cargo de razón yo. Son los casos que mejor conozco. Con un amigo a punto de despedirme. Le llaman por teléfono. Brevísima conversación... y larguísima despedida: «Si, ya nos vemos» (...) «De acuerdo» (...) «Vale, vale, nos llamamos» (...) «Cuando quieras» (...) «Conforme, ya dirás la fecha» (...) «La próxima semana, sí» (....) «O a la siguiente, lo miramos». Y uno, mientras, esperando en medio de la calle, cargado de razón y de prisa.

Facebook. En las redes sociales también le toca a uno cargarse de razón de vez en cuando. Lo mejor es aguantar el chaparrón. Más vale eso que ceder a los ataques de cólera. Facebook, bien utilizado, educa un poco nuestros arrebatos más discutibles. Seamos pacientes, así se duerme mejor. Algunas personas tienen soluciones magníficas para todo -el paro, la crisis de la izquierda, la demografía, los salarios- y luego escriben expresiones como 'hayer' o 'haber si me llamas'.

Pequeño universo. Desconfía uno, cargándose de razón, de quienes parecen tener en su mente el recetario mágico para enderezar el rumbo equivocado del mundo y sin embargo, en su pequeño universo privado, se llevan mal con toda su familia, conducen mal y, además, cometen contínuas e imperdonables faltas de ortografía en sus redentores escritos.

Cyrill Connolly. El ensayista inglés Cyrill Connolly (1903-1974) aborda esta cuestión con temple conciliador en 'La adormidera'. «Acusar a la gente de que escapa de la realidad contemporánea es tarea vana. El tiempo no es uniforme para todos nosotros, como tampoco lo es el alimento de nuestra imaginación ni nuestro material artístico. No todos podemos dar lo mejor de nosotros mismos con el sol en los ojos. No existe más que un delito: huir de nuestro talento, abortar ese crecimiento que, al madurar, puede ser la justificación de lo que exigimos a la sociedad».

Marilyn Monroe. En 'Qué ruina de película' (Book Land), Juan Tejero cuenta con detalle las muchas veces que, en Londres, los actores de reparto de 'El príncipe y la corista' (Laurence Olivier, 1957) tenían que esperar durante horas a la impuntual Marilyn Monroe, protagonista y coproductora de la película. El rodaje fue infernal. Marilyn era luminosa en la pantalla, pero en la vida real, llevaba a muchos a la exasperación, cargados de razón.

La anciana Dame Sybill. La actriz Dame Sybill Thorndyke, de 75 años, trabajaba por las tardes en el teatro y llegado un determinado momento no podía seguir esperando a la estrella. Había aguardado cuatro horas bajo los focos con su pesado traje de época. Una vez, cuando Marilyn apareció, Dame Sybill le dijo: «No pasa nada, querida. Estoy segura de que todos nos alegramos mucho de verte... ahora que ya estás aquí».

Elegancia. A eso se le llama elegancia. Aunque analizada palabra a palabra, esa frase cargadita de razón lleva su buena dosis de dinamita: lo de «querida» tiene aquí su retranca. Lo de «estoy segura», otro tanto. Y por supuesto, decir, tras una pausa con puntos suspensivos «... ahora que ya estás aquí», es un dardo venenoso envuelto en celofán. Mantener el estilo es muy importante.

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