Los señores Asunción y Císcar me invitaron, en junio de 1984, a un viaje hasta Simat de Valldigna; en autobús fletado y merienda posterior. Fui acompañado de una veintena de escritores y periodistas más, al objeto de escenificar la 'toma de posesión' del exclaustrado monasterio cisterciense de Santa María. El que Jaime II, El Justo, ofreciera a un abad de Santes Creus y que, gracias a la 'desamortización', llevaba muchas décadas en manos privadas.

Nos recibió el mismo propietario de los extensos huertos de naranjos aledaños, en el interior de la propia magna fábrica eclesial; rodeados de balas de paja, gallinas y vehículos de labranza.

Dios sabe (nunca mejor dicho) lo que allí se ha tenido que invertir hasta el momento actual, con el claustrillo gótico abacial recuperado y múltiples dependencias, en especial el Aula Capitular, prácticamente hechas ex novo.

Mi particular feliz crónica del acontecimiento cultural socialista apareció en la sección 'Turista en mi propia tierra', que escribía semanalmente para la guía del ocio de Valencia y Castellón 'Qué y Dónde'.

Actividad literario-viajera que me había permito conocer, entre gran variedad de monumentos, costosos proyectos de rehabilitación de conventos y monasterios valencianos; algunos en mejores vías de recuperación que otros. Válganme, como ejemplos, uno de clausura espiritual como el de Santa María de Benifassà en Els Ports de Morella u otro, de uso más lúdico, como del Ara Christi; en la vecindad de El Puig.

Desgraciada suerte desamortizadora de la que se libró el Real Convento de Predicadores de Santo Domingo de nuestra capital; gracias a que el general Chacón tuvo la 'visión' de reclamar su salvaguardia para cuartel de artillería y órgano de mando. Pese a que el proyecto de Cirilo Amorós, para «dar peonadas a los obreros» con la demolición de las murallas (1865), incluyó el derribo de la gran iglesia gótica que remataba en el mismo río. Y que ya en el siglo XX, las partes más cuarteleras y menos monumentales de sus antiguos huertos fueran enajenadas y sirvieran para solar de las viviendas privadas y preciadas de la calle Cronista Carreres.

En cualquier caso, tres claustros (gótico, renacentista y neoclásico), un espectacular refectorio, una increíble Aula Capitular y dos magníficas iglesias (Capilla de los Reyes y parroquia de Santo Domingo) han permanecido de pie y cuidados hasta nuestros días, gracias a su conservación por el Ejército. Llegando hasta esta misma anualidad, en la que he tenido el honor de dictar la conferencia '175 años de Capitanía al servicio de los valencianos'; en la sala Sorolla del Ateneo Mercantil.

Y sin necesidad de alejarnos por esos casi dos siglos, sólo en las últimas décadas, recordemos que por Capitanía han pasado miles de valencianos y forasteros. En visitas de escolares (el Ayuntamiento llegó a incluirlas en su catálogo de oferta a colegios), de asociaciones, de excursionistas, de individuos agregados a grupos... En asistencia a sus prolíficos conciertos públicos de la Música Militar, divulgados en la prensa. En jornadas de puertas abiertas (como, ¡atención!, las de los próximos días 19 y 20) o en históricas exposiciones temáticas.

En oficios religiosos diarios y en apreciadas ceremonias de bodas y bautizos. En recepciones oficiales y en certámenes culturales de la trascendencia de la reunión de los jurados -premios Nobel- de los galardones 'Jaime I'.

Con un sinfín de reportajes fotográficos de contrayentes, para medios de comunicación (en especial televisivos) y como escenario de aprendizaje para sucesivas promociones de universitarios, acompañados de sus profesores de Arte; de los que cabe no olvidar el gran afecto mostrado por el arquitecto Arturo Zaragozá, prendado por su 'bóveda esquifada', el dovelaje de su escalera de caracol o la 'bóveda tabicada', que tanto éxito reportó a nuestro compatriota Guastavino en la incendiable ciudad de Nueva York.

Recientemente he vuelto a estar en el espectacular edificio de la autoridad militar del mediodía italiano, junto al napolitano palacio de nuestros reyes borbones; recordando un ejercicio internacional de protocolo del año 2002. Al que fui enviado dos años después de que tuviera lugar en la ciudad Valencia.

Ocasión -esta última- en que, acompañando el tiempo de espera del avión de un general francés de cuatro estrellas con una visita explicativa del convento de Santo Domingo, tuve la oportunidad de escucharle la pregunta exclamativa de: «¿¡...y aquí reside y trabaja el Capitán General!?». Lo que, habiendo sido siempre un admirador de los estudios de arqueología franceses y de los magníficos libros de Historia Medieval publicados en Francia, me llenó de orgullo valenciano.

Personalmente, me siento contento de que nuestro presidente Puig ocupe, para gestionar nuestra política (ayudado de su equipo), el emblemático palacio de la Generalitat; recibiendo las visitas más ilustres en los salones de artesonados dorados y centrando actos oficiales bajo la mirada de los personajes murales de los tres brazos que pintara Sariñena.

Pero también me alegro de que el presidente Morera tenga como sede de nuestras Cortes autonómicas, y lugar de trabajo legislativo, el noble edificio palaciego que levantó la familia Borja.

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