Capas para aislarse de la vida

Mikel Labastida
MIKEL LABASTIDAValencia

Pasa en muchas profesiones que han de lidiar cada día con acontecimientos terribles. A los que las desempeñan (médicos, enfermeros, bomberos, policías) no les queda más remedio que inmunizarse, colocarse un chubasquero que les aísle de esa realidad. A los periodistas a veces también nos ocurre. Leemos, gestionamos, tratamos noticias de toda índole. Algunas divertidas, otras integrantes, unas cuantas edificantes y otras cuantas desasosegantes. Desfilan ante nosotros historias muy variadas y, entre ellas, muchas trágicas. Trágicas de verdad. Por mucho que lo intentemos no podemos solidarizarnos con todas y algunas las contemplamos con la distancia necesaria como para no nos afecten. Pero no siempre llegamos a tiempo para colocarnos tras la barrera, como para retirarnos lo suficientemente lejos, como para protegernos. De pronto, sin saber muy bien por qué, un hecho te noquea y es imposible quitártelo de la cabeza.

Me ha pasado esta semana ante el terrible suceso ocurrido en Alicante, donde un joven de 14 años ha matado a su hermano mayor, de 19. Fue por una discusión nimia que acabó de la peor de las maneras y que ha truncado la vida de una familia y supongo que de otras muchas personas satélites de los protagonistas. En la notable (y difícil) crónica que para este periódico realizaba esta semana mi compañero Arturo Checa describía cómo Manuel, un vecino, se quedaba observando el fondo de la calle «como buscando una respuesta donde no la hay». Esa frase describe perfectamente la sensación que me persigue desde que tuve conocimiento del caso. La sensación ha ido variando, convirtiéndose en otras cosas y desembocando en un estado: vértigo. Me da vértigo pensar en atravesar algo así. Y eso que mi vida y mi estructura familiar nada tiene que ver con la de estas personas. Pienso en su dolor y me angustio.

¿Cómo algo tan tonto puede causar semejante destrozo? No busco una respuesta, es un lamento, una pregunta lanzada a la página. He visualizado la escena y me espanta con lo que me encuentro. Los chavales estaban riñendo por un perro que les habían regalado hacía poco. Al parecer los dos discutían sobre quién jugaba con la mascota y quién se lo llevaba de paseo. El tono subió. Y la secuencia se volvió violenta, tanto que terminó con el menor de 14 años asestando una puñalada mortal con un cuchillo de la cocina en el corazón a su hermano. Es perturbador el desenlace. Y los flashes siguientes. La madre intentando reanimar a su hijo. La madre intentando comprender qué ha pasado. La madre espantada al darse cuenta de lo que había hecho su otro hijo. La madre asomándose al abismo de un futuro sin sus críos. La madre haciéndose preguntas que nadie le podrá responder. Son estampas que se me repiten y no consigo en estos días borrar. Qué cabrona es muchas veces la vida y cuántas capas necesitamos ponernos para soportarla.

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