CANTO A LA VIDA

Mª ÁNGELES ARAZO

Los cofrades de los capirotes negros y morados los cambiaron hoy por los blancos y celestes: la Magdalena, la Samaritana y Salomé se despojaron de sus túnicas para vestir otras de mayor lujo, y hasta en los tirabuzones prendieron pedrería.

En los desfiles echan flores y la enramada huele a mirto y hierbabuena. Horas antes, las campanas voltearon y las andas de Jesús y María se enfrentaron en la esquina convenida para representar el famoso Encuentro; momento en el que, en la plaza mayor de numerosos pueblos, tiene lugar la lluvia de 'aleluyas' y el descenso de la 'mangrana', el artilugio que encierra al niño-ángel, el infantillo que cantará con su voz de cristal el milagro de la Resurrección.

La Pascua tiene hoy una escenografía que se comparte entre los fieles de nuestros barrios marineros y los turistas que fotografían y fotografían sin saber el porqué de tan antiguas tradiciones. Ignoran además aquellas otras que los años borraron y que actualmente sólo se encuentran en estudios de folklore y en la memoria de algunos mayores pertenecientes al mundo rural; en ese ámbito donde la figura del cura párroco, acompañado del sacristán y dos monaguillos, portadores de un jarro de agua y un cuenco con sal, iban a las casas para la bendición crédula e intercambio de tan simbólicos elementos por huevos. Se procedía al ceremonial de la 'salpasa', el mágico mandamiento para que salieran los malos espíritus del hogar y penetrara la buenaventura de la salud y el amor.

Hace décadas que las playas, en estos días, se llenan de gente ansiosa de sol, reclamándolo con sus cuerpos desnudos y los ojos cerrados; para ellos la Pascua también es sinónimo de pagana Resurrección, como para quienes, sin necesidad de templo y arena, perciben el aroma de los exultantes naranjos, evocan en el largo anochecer la juventud escapada, admiran a la pareja que se besa y a los niños que juegan con el monopatín.

La Pascua, sin más ni menos. Es sinónimo de primavera, de misterio vital; de una aceptación de nuestro breve paso, cediendo a la continuidad infinita de la resurrección.

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