LA CAMISITA DEL NIÑO

Mª ÁNGELES ARAZO

Del niño Jesús, claro, ha sido citada en crónicas del pasado amarillento, escritas con una letra que apenas se lee; era la camisita que siempre se contó que carecía de costuras porque se alargaba misteriosamente según el Niño crecía. Y esa camisita marfileña como las azucenas agostadas había sido depositadas en la catedral de Valencia; y cuando llegaba la festividad de los Reyes, se exhibía ante los fieles después de procesionarla entre cánticos y nubes de incienso. De su historia supe gracias a Eduard Pérez Lluch, recordado erudito hijo de Campanar, historiador, escritor y amigo, que nos dejó con libros sin terminar, junto a los ya publicados.

Agnóstico, pero extremadamente respetuoso con cuanto supone claves de religiosidad popular, poseía un voluminoso álbum con todas las estampas de beatas y santos mártires que muestran un fragmento textil del hábito que vistieron o que fue pasado por sus restos.

Durante la inolvidable charla que mantuve con Pérez Lluch que también terminó como coleccionista de relicarios, fruto de su peregrinaje por templos y ermitas de la diócesis y anticuarios, un documentado trabajo que superaba los doscientos folios, recuerdo las sagradas espinas que se conservan en Montesa, los restos de San Coronado en Jarafuel; la Virgen de la Consolación de Corcolilla, que posee un armarito en la espalda lleno de huesecillos de santos, y el relicario de la parroquia de San Esteban que reúne 365 reliquias, correspondientes a los santos advocados cada día del año; sin olvidar el relicario que comparten San Víctor, Santa Lucía, San Francisco de Asís, San Clemente y San Mauro, delicado objeto enmarcado con papel, cartón, lentejuelas e hilos de oro y plata, una auténtica labor 'naif', que debieron ejecutar manos monjiles (entre rezos y suspiros a finales del XVIII o comienzos del XIX). También me habló del enorme poder que se atribuía a la talla de alabastro de la Virgen de Campanar, cuya espalda raspaban las mujeres que iba a dar a luz, para beber esos polvillos con agua. Costumbre que perduró como tradición hasta mediados del siglo XX, cuando fue prohibida con firmeza por el párroco. Reliquias que hoy se exhiben en museos etnológicos.

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