Cambios de modelos

Vicente Lladró
VICENTE LLADRÓValencia

Igual que se estableció en su día la costumbre política de crear comisiones mixtas, cuando no se sabe qué camino coger para ofrecer respuestas convincentes al auditorio, y se generalizaron también conceptos recurrentes y eufemísticos como «se impone el diálogo» o «trabajamos para buscar el consenso entre todos los agentes implicados», en tiempos más recientes se ha hecho carne de discurso oficial/administrativo la recomendación genérica de que «se impone un cambio de modelo». La primera vez que lo escuchamos, la verdad, nos llevó a gran confusión. Porque te oyes lo de cambiar de modelo y lo primero que piensas -antaño, hoy ya no- es que el prócer se está refiriendo a una modelo publicitaria de algo, y claro, pensabas: «¿pero qué está diciendo?» No era eso, evidente, era el modelo de las cosas, de ciertas cosas, de alguna en concreto, de la forma de hacer algo, de lo que se tercie en ese momento. Si uno que es alguien en el cotarro sube al púlpito del estrado con micrófono y siente la obligación de hilar algo que quede aparente y suene a rotundo, lo mejor es que suelte dos o tres veces la recomendación de cambiar de modelo. Igual vale para un roto que para un descosido, y no hay que preocuparse si de repente se siente el rubor de que alguien pudiera preguntar con la mirada: «Pero ¿qué modelo, maestro?» Lo más habitual es que se trate del 'modelo productivo'. Entonces queda la mar de guay predicar por la necesidad de «caminar hacia un verdadero cambio de modelo productivo». Y si sigue anidando la inquietud de que se repregunte, se dice, por supuesto, que ha de ser «un modelo sostenible». Pero lo del cambio vale para todo tipo de modelos: industrial, agroalimentario, educativo, sanitario, textil, ciudadano... ¿Modelo político también, hermano? No insista, le dirán que están en ello.

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