Cambiar la Educación o cambiar los sillones

PEDRO ORTIZ

El problema no es que el actual Consell quiera cambiar la política educativa en la Comunidad Valenciana y ni siquiera lo es que no sepa cómo hacerlo sin quebrantar normativas superiores; el problema real es que no hay Gobierno que sea nuevo que no pretenda meter mano en la Enseñanza. Un político que llega a ministro o conseller de Educación primero hace como todos sus colegas, renovar el mobiliario del despacho y, después, como todos sus predecesores: modificar los cursos, las asignaturas, los tiempos, los currículos y hasta los profesores. Cambiar la Educación como quien cambia los muebles.

Hoy, cuando empieza el curso y empieza como empieza, es buen día para recordarlo. Recordar que colegios e institutos se han convertido en una especie de guardería para preadolescentes y adolescentes; meditar sobre la transformación de los profesores, a quienes niegan su autoridad alumnos, padres de alumnos y políticos, o contemplar cómo se ha deteriorado tanto el nivel de exigencia que el alumno llegar a la universidad sin la más mínima preparación (otro día hablaremos de las universidades, que también hay tela que cortar).

La pésima situación de la Enseñanza no solo se comprueba por la falta de conocimientos de quienes acaban los ciclos, sino también por la comparación de nuestros alumnos en relación con los de sistemas sociales y económicos similares. Informe tras informe, la Educación en España queda malparada si es confrontada con la de otros países similares al nuestro económica y socialmente.

Y sin embargo el foco en la Enseñanza se pone en problemas que aparentemente poco contribuyen a una mejor formación: que si jornada continua, que si vacaciones cada cuatro semanas o cada trimestre, que si pública o concertada, que si idiomas, que si qué idiomas. En algunas comunidades autónomas las horas dedicadas a las matemáticas son el doble que en otras y lo mismo pasa con la lengua o con la historia. Y en todas, los gobiernos autonómicos están empeñados en que los libros de texto se tornen extraordinariamente aldeanos al resaltar solo lo propio de la comunidad (historia, geografía, costumbres...) y olvidar, cuando no despreciar, lo que pertenece a los vecinos.

Claro que sí, todos queremos que los colegios no estén masificados y que las clases no se impartan en barracones. Pero hay más: que los alumnos se convenzan de que la escuela significa esfuerzo, quizás el primer gran esfuerzo de la vida, o que el Estado y las comunidades autónomas aseguren la calidad del sistema. Bastaría con un pacto educativo (sí, ya sé que es un binomio que ha perdido su significado) que permita que los planes de estudio fueran más duraderos que el político de turno y que impida que éste disfrute metiendo la mano y la pata en la Enseñanza si no es por consenso. Que se conforme con cambiar solo los sillones del despacho.

Fotos

Vídeos