Cambian a Marx por Pilatos

FERRAN BELDA

Algo de razón lleva Mariola Cubells cuando escribe que el Consell ha destituido a un ejecutivo brillante, su marido, el hasta ahora secretario de Medio Ambiente, y sin embargo ha renovado la confianza a un atajo de mediocres. Por un lado porque lo es. Julià Álvaro es un tipo espabilado. Cuestión distinta es que peque de dogmático y no haya reparado en la cantidad y la calidad de los juanetes que ha pisado ni en cómo se le ha empantanado el trabajo. Y por otro, porque lo son. No hay más que ver cuál fue la siguiente decisión que tomó la titular del departamento, Elena Cebrián, tras quitárselo de encima. Reunió a los sindicatos presentes en Vaersa y les ofreció participar en el diseño del futuro de la empresa a cambio de garantizarles la estabilidad laboral de la plantilla (±1.300 trabajadores) y otras gabelas. Una oferta que no haría el peor gestor de la más calamitosa SL, SA, SAL, SLL o cooperativa del mundo. Pero un político, sí. Hasta el más conspicuo laicista ha hecho suyo el evangélico «pedid y se os dará». La cuestión es no tener problemas. Lo demostró la consejera Gabriela Bravo al firmar con los funcionarios un acuerdo «histórico», en opinión de gran parte de lo que en Radio Klara denominan «la prensa del régimen», que para esta emisora vienen a ser todas aquellas publicaciones que no son anarcosindicalistas o equivalentes. Lo confirmó el secretario de Empleo Enric Nomdedéu al subcontratar el trabajo que venían desempeñando 120 de los 665 empleados del Servef sin prescindir de ninguno de ellos y entrar por tanto en contradicción con las 'nacionalizaciones' hospitalarias que prepara Carmen Montón. Y lo acaba de corroborar la señora Cebrián al cerrar la crisis abierta por el anterior director de Vaersa y ahora trabajador por cuenta ajena Vicent Gª Llorens de la manera más espléndida del mundo. ¿Qué van a querer los sindicatos de Vaersa? Lo mismo que los de la Ford: que la empresa se olvide de perseguir el absentismo y les suba el sueldo. Una costumbre, ésta de delegar en terceros el engorro de decidir, que empieza a resultar cargante. No tanto por lo que tiene de estomagante demagogia, como por lo que supone de desistimiento gubernativo. A los políticos se les elige para que tomen decisiones, no para que deleguen la responsabilidad y el riesgo de adoptarlas. En cambio, cada vez son más los alcaldes y concejales empeñados en convencernos de que Pilatos no fue un pusilánime sino un adelantado de la nueva política por preguntar al populacho quién quería que liberara. Por eso el que no monta unos «presupuestos participativos», monta dos, como en Xàtiva. Uno, para mayores, y otro, para niños. Lo malo de todos modos no es eso. Solo. Lo malo es que ahora es toda una consellera la que brinda al personal de una sociedad instrumental tan liquidable como Imelsa la posibilidad de reformarla a su gusto.

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