Camarena

Ocho de cada diez comensales de su restaurante de lujo vienen a propósito desde fuera de Valencia

Francisco Pérez Puche
FRANCISCO PÉREZ PUCHE

Como tantos otros atrevidos, caí un día en la osadía de decirle al gran cocinero y empresario Ricard Camarena si había meditado bien el paso de trasladar su restaurante a un local situado a la vera de la avenida de Burjasot, linde entre dos barrios tan... sencillos y populares como Marxalenes y Tendetes, donde yo vivo. Con la paciencia y la solvencia de costumbre, el entrañable investigador de la cocina me dijo que, desde hacía años, ocho de cada diez comensales de su local de lujo no eran valencianos: le llegaban del resto de España y del mundo. Aguardando a veces largas esperas.

Camarena ha dado el salto y se ha instalado en Bombas Gens. Y lo hace, claro, con la seguridad de su experiencia y con datos que la mayoría ignoramos. Por ejemplo, que España, en 2016, tuvo 75 millones y medio de turistas, que dejaron 77.000 millones de euros; y que, de ellos, más de ocho millones son turistas gastronómicos, gente que viene a España solo, o principalmente, a comer bien. Una cifra asombrosa que en 2014 creció un 16%, muy por encima de lo que remonta el turismo convencional, que lo está haciendo, desde que la crisis empezó a escampar, en enormes tasas del 10 % anual.

Sí, empiezan a inquietarnos las pequeñas manadas de turistas que buscan en nuestros barrios, arrastrando pesadas maletas, los cientos de alojamientos que han nacido como setas en todas partes. Pero eso, siendo mucho, es solo una parte del fenómeno turístico en que estamos metidos casi sin darnos cuenta. El asombro que causa el turismo propiciado por las redes y los bajos costes de la aviación de masas está justificado. Pero existe, llena por igual otras muchas ciudades selectas y más duro que tenerlo es no poderlo disfrutar. Pero junto a él, sigue existiendo un turismo de muy variados objetivos y niveles que habitualmente desconocemos; y que se mueve tanto por el impulso de un restaurante creativo como por el aliciente del golf, por los festivales veraniegos de música o por la escalada de imposibles paredes de roca.

Hay gente para todo y en España, que tiene a su favor la grandiosa ventaja de la seguridad y un clima social muy receptivo para el viajero, lo que no hemos aprendido bien es a medir el impacto que sobre Valencia y su turismo puedan tener los Ángeles de la Catedral, las bóvedas restauradas de San Nicolás o la Ruta de la Seda. En un mundo donde se buscan impresiones y sensaciones nuevas, donde cuenta poder mandar una fotografía propia bañado en tomate, todo puede darse. Y todo debe ser atendido al detalle.

De momento, Bombas Gens, con Camarena como perla dentro de un caparazón, se acaba de unir a los alicientes de nuestra ciudad. Y lo hace, casi junto al mar, a los diez años de haber sido situada en el mapa del turismo por una Copa América de la que nadie se ha querido acordar. Y sin Museo Marítimo.

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