La cacería lingüística

Marzà se ha propuesto imponer a las bravas su obsesión nacionalista

IGNACIO GIL LÁZARO

Es ridículo que un político se empeñe en crear un problema donde no existe. Más aún cuando el lío afecta a un asunto tan sensible como la convivencia entre lenguas que deber ser un motivo de enriquecimiento cívico y nunca una afrenta contra la libertad ni los sentimientos de nadie. Sin embargo, el conseller Marzà se ha propuesto imponer a las bravas su obsesión nacionalista. Primero, tratando de articular un modelo educativo de inmersión igual al que rige en Cataluña. Ahora, además, pretende abrir la veda de una cacería lingüística a imitación también de lo hecho allá. Así, por decreto, se ha sacado de la manga un engendro jurídico cuya auténtica finalidad es inquietar al ciudadano -hasta en sus relaciones privadas- con la amenaza de ser incluido en un Registro que huele a «censo de desafectos» a los que después la administración hará sentir su aliento en el cogote aunque hoy se asegure que la denuncia no acarreará ninguna sanción. Urge pues llamar a las cosas por su nombre. La «Oficina de Derechos Lingüísticos» viene a ser una covacha sectaria inaceptable porque la sociedad valenciana es integradora y respetuosa al máximo con todos sea cual fuere la lengua que cada uno habla. Excepción a contrario que sólo se da entre la grey obtusa de ese nacionalismo extremo del que Marzà es adalid entusiasta. Tanto que quiere montar un tinglado inquisitivo orientado a crear un clima burocrático de acoso oficial contra los castellano parlantes como si estos fueran valencianos de segunda o gente extraña en su tierra. El despropósito es mayúsculo. Un conseller y su panda dedicados al empeño de constreñirle la vida al resto tratando de plasmar en normas sus filias y fobias nacionalistas. Dicho a las claras: nacionalismo catalanista, proindependentista y anti-español que es la expresión exacta del ámbito ideológico en el que Marzà siempre se ha reconocido partícipe aunque en este momento eluda manifestarlo abiertamente por razón de las funciones que ostenta. A pesar de eso cada dos por tres enseña la patita porque la cabra tira al monte sin poder remediarlo y encima le gusta. En fin, que el invento delatorio de Marzà se lo acabaran cargando los tribunales parece casi tan obvio como el hecho de comprobar que en este caso otra vez el president de la Generalitat se llama a andana para no incomodar a Oltra y compañía. Su método evasivo de costumbre. Sin embargo, la responsabilidad institucional que le corresponde es inexcusable y más cuando la mitad de su Gobierno busca sembrar la discordia en aquello que aquí ha sido siempre pacifico. Por eso, las ocurrencias de Marzà son también las espantadas de Puig mientras siga sin atreverse a poner a Compromís en su sitio, que es exactamente lo que pasa. Una dejacion patética que ademas va a ser suicida para la cosecha futura del PSPV en las urnas. Irrelevancia ganada a pulso. Evidente. Al tiempo.

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