LA CABRA Y EL MONTE

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Obsesionados por el monocultivo que anega nuestra concentración se nos escapan los corrosivos flecos de esa otra actualidad que nace desde el lado cañí y nos traslada hacia otros tiempos, tiempos de chanchullos y latrocinios que ahora en vista del percal, segregan cierta inocencia mangurrina y una enorme cochambre vital. Julián Muñoz, Cachuli para los íntimos, regresa al trullo. Salió metamorfoseado en un hombre delgado, pero su esbeltez no era el reflejo elegante de aquella novela de Dashiell Hammet, sino la de un tipo acuciado por la enfermedad. Gastaba aire de señor acabado, devastado por el encierro y acaso el desamor. Daba penita verlo amortajado bajo el halo de los juguetes rotos. Sin embargo se conoce que el aire libre tonifica, hidrata, inyecta nuevas energías y enchufa deseos de arsa pilili. Le sorprendieron bailando un simulacro de sevillanas a las tantas de la madrugada y ese exceso de gozo bailarín le devuelve hacia la sombra de los barrotes. Con la edad o te vuelves cascarrabias o piadoso. Yo voy según los días y me temo que hoy me he levantado caritativo, por eso siento compasión hacia su persona. Su libertad queda quebrada porque el hombre, en vez de montarse la juerga en su casa o en la de sus amigos, prefirió atravesar la noche del sector, digamos, un tanto hortera. La cabra, en efecto, ay, qué le vamos a hacer, tira al monte. Julián Muñoz precisaba expansión, esa barra amiga justo a su vera y una blonda decolorada caracoleando en plan peonza lolailo a su alrededor. Julián, en definitiva, necesitaba sentirse libre como el sol cuando amanece pero la noche y las indiscretas cámaras de los móviles tumbaron sus anhelos. Sin embargo, con todo lo que está pasando, ante tantos atropellos, pues me da penita este hombre que disfrutaba de los placeres noctívagos. No lo puedo evitar.

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