La burbuja

Estos días, cuando se cuenten en los libros de Historia, tendrán que recoger el sentimiento de millones de españoles

María José Pou
MARÍA JOSÉ POU

A menudo, reprochamos a nuestros dirigentes que no tengan sentido de la realidad. Rodeados de un entorno propio, no suelen pisar la calle lo suficiente como para saber qué piensa el español de a pie. Encerrados en sus despachos, se aíslan en su burbuja y terminan por creer que lo que cuentan los dossieres de sus asesores es la verdad. Toda. Por eso un café en un bar o subir al autobús es un modo recomendable de conocer las preocupaciones reales de la gente, que distan mucho de ser las que ocupan sus reuniones de partido o sus comidas de gobierno.

Los ciudadanos tampoco percibimos el riesgo de exponernos solo a comunicaciones y redes sociales cortadas por el mismo patrón o con un mismo algoritmo aplicado a aquellas voces que dicen lo que queremos oír. A veces sucede todo lo contrario, es decir, solo hablan de lo que tememos. Es la afinidad o el miedo lo que nos mueve a percibir la realidad de un modo u otro. Es nuestra burbuja.

Así hay que entender que, para algunos, la independencia de Cataluña sea la prioridad absoluta y el mundo entero lo sabe, mientras que para otros el peligro mayor viene del soberanismo catalán y todo el mundo se ha echado a temblar. Para unos, ayer era una jornada rechazada mayoritariamente por recordar hechos luctuosos y, para otros, era el día del temor a la desaparición de la patria tal y como la conocemos.

Imbuidos, pues, de esos mensajes, a todos nos sorprendió salir a la calle durante estos días y ver los balcones de los valencianos llenos de banderas de España. Es una de las imágenes que no estaba prevista, ni organizada ni retransmitida. No llena portadas frente a las del Parlament de Catalunya o las de la actuación de la Policía el 1-O. Sin embargo, era la fotonoticia porque nuestra burbuja nos impidió tomar el pulso a la calle. El relato oficial de las cosas, como el relato histórico de los acontecimientos, suele primar a los protagonistas reconocidos pero muchas veces ignora a los colectivos. De hecho, hay toda una corriente historiográfica que reivindica la cotidianeidad frente a la narración de grandes gestas. Estos días, cuando se cuenten en los libros de Historia, tendrán que recoger el sentimiento de millones de españoles que hasta ahora solo se acordaban de la enseña nacional cuando salían fuera, cuando jugaba la Selección o cuando veían las Olimpiadas pero ya no. Es uno de los efectos positivos que ha tenido el procés en el resto de España: la toma de conciencia de ser y querer seguir siendo. Se quejaban ayer algunos de la exaltación del ejército en la fiesta nacional. Las naciones se han construido, en parte, con violencia pero esa es solo la punta del iceberg. La mayor parte, que no se ve, es trabajo, esfuerzo, sacrificio diario y voluntad de compartir por encima de las diferencias. De eso queda mucho aún en España y el salto cualitativo es que sabemos defenderlo con la palabra y con los hechos, no con las armas.

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