Bullying independentista

Ningún profesor, crea en la causa que crea, puede hacer eso con una criatura

Mª JOSÉ POU AMÉRIGO
Viernes, 6 octubre 2017, 11:43

Una causa que se defiende sobre víctimas infantiles pierde toda legitimidad. Que haya adultos dispuestos a inmolarse por un proyecto, por una patria o por una cosmovisión les honra si la causa es noble. Pero sea cual sea ésta, si se siente obligada a utilizar y dañar a los más inocentes, deja de ser digna. Un escrache a un político o a un policía puede ser injusto, ofensivo y cuestionable pero se trata de personas y profesionales capaces de hacer frente interiormente al rechazo social. Capaces de distinguir su actitud y las razones argüidas para atacarle de tal forma que saben perfectamente si deben sentirse o no culpables. Sin embargo, hacer eso con niños y adolescentes en su propio centro escolar es lo más sucio y vergonzante de los sucesos de Cataluña. Eso sí es violencia ilegítima. Pero de eso no hablan ni los que el día 2 se rasgaban las vestiduras por la actuación de la policía ni la prensa internacional escandalizada por las imágenes del domingo.

Decirle al hijo de un guardia civil «estarás contento de lo que ha hecho tu padre» en plena clase debería ser suficiente para inhabilitar profesionalmente a un docente. Ningún profesor, crea en la causa que crea, puede hacer eso con una criatura. Y el claustro debería mostrar su rechazo y condena. ¿Puede ese grupo de profesores luchar contra el bullying escolar, uno de los peores males de nuestra sociedad, si lo promueve y lo justifica siempre que sea por la sacrosanta independencia? ¿Acaso solo es perseguible cuando un compañero le llama gafotas, gorda o inútil? El problema del bullying es que se produce en un entorno protegido, donde los adultos se preocupan por que todas las acciones tengan valor pedagógico y sirvan para ayudar a crecer a los que tiene a su cargo. Como en los abusos sexuales cometidos por algunos sacerdotes con menores, lo que se está rompiendo es la confianza extrema que niños y padres tienen en esas personas. De ellas se espera que protejan al niño como si fuera la propia familia. Así se lo confían los padres. Por eso resulta tan doloroso que una escuela sea una amenaza para un hijo. Cuando los padres denuncian a un colegio por bullying, suele haber detrás un calvario de desatención o de ridiculización de lo sucedido. El niño ha lanzado un grito de auxilio pero no ha sido atendido. Y las consecuencias, como sabemos, son terribles aunque no se dé el extremo mortal. El daño sicológico a personas en formación, que se sienten vulnerables e inseguras es enorme. Una escuela que pone la independencia por encima del bienestar de los niños a su cargo debería ser cerrada. No sabe educar y, muy al contrario, está violentando a los alumnos y a sus familias. Difícilmente se puede construir una patria en libertad y democracia con esos mimbres. El 155 debería empezar por estos centros que discriminan, distinguen a los niños según la profesión o ideología de los padres y les hacen sentirse basura.

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