BRUNO Y JOHNNY

RAMÓN PALOMAR

El concierto lo emite una cadena francesa en horario de máxima audiencia. El estadio está trufado de fans. Algunos jóvenes y, sobre todo, cincuentones y sesentones. Aparece Johnny Halliday y el público ruge entregado. Luce flaco, va de negro, parapetado tras unas gafas de sol, su tupé revela tinte oscuro y cuando posa chulazo agarrando el micro con las piernas abiertas alguna seguidora se desmaya. El cantante gasta rostro de viejo cocodrilo capaz de propinar todavía alguna dentellada. Tres canciones más tarde, mientras recibe atronadores aplausos, se desprende de sus gafas y las arroja a la masa. Cientos de manos se elevan como si pretendiesen agarrar un rebote de baloncesto. Dosifica sus fuerzas porque la edad y la vida gamberra pasan factura. Cede protagonismo a sus músicos. Baja para saludar a sus fanáticos escoltado por dos enormes zamarros. Sonríe, juega, habla, seduce, hipnotiza. «¡Joh-nny, Joh-nny!», corea la peña a pleno pulmón varios minutos. Entonces me atrapa la morriña y recuerdo a Bruno Lomas. Bruno era nuestro Elvis Presley y nuestro Johnny Halliday. Otro animal carismático de implacable velocidad. ¿Por qué en Francia preservan a sus estrellas y aquí las fumigamos? Esto se me antoja un misterio y semejante ingratitud me irrita. Alcanzada determinada edad, aquí se orillaba a nuestras estrellas del rock como si estos tuviesen que mantener un pacto a lo Dorian Gray que les permitiese eterna juventud. Bruno Lomas fue grande y sólo se acordó de él cuando sus últimos años José Manuel Casañ, de Seguridad Social. El resto apartó a Bruno como si fuese un apestado. Ya era «mayor», pecado imperdonable practicado en las sociedades que naufragan al vaivén de las modas. Francia, en cambio, mima a sus hijos. Tampoco pierden el tiempo con camelos plurinacionales. A lo mejor ahí está la clave.

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