La bronca del general francés y las rebajas

INOCENCIO F. ARIASDiplomático

No había ocurrido nunca desde que el General de Gaulle creó la V República francesa hace casi seis décadas. La dimisión del Jefe del Alto Estado Mayor galo, el general Pierre de Villiers es una primicia ruidosa.

Macron no se arruga y el general, tal vez sin planearlo, le ha echado un pulso que tenía que perder. Hollande, antecesor de Macron, al recrudecerse los atentados terroristas, había manifestado sorprendentemente que en la lucha entre la seguridad y la estabilidad debía primar la primera. Ello llevó a pensar a altos cargos militares que las Fuerzas armas francesas, demasiado estiradas en el mundo, iban a disfrutar de una necesitada inyección económica.

El intrépido nuevo Presidente les ha echado un jarro de agua fría. Anunció que habría un recorte de 850 millones de euros para los militares. El problema, como pronto comprueban los que llegan al poder, son las pelas. Hay las que hay y no caen del cielo. Si cubres un flanco, a no ser que surquemos una época de enorme bonanza, debes desguarnecer otro. No es que el efectista Macron tuviera tirria hacia los ejércitos. Es que si había prometido bajar los impuestos y reducir el déficit público había que cortar de algún sitio. En esas rebajas, ha habido un tajo considerable para las Fuerzas Armadas, algo que el competente general de Villiers, hastiado probablemente por tener que acudir a apagar fuegos en diversas partes del mundo, Mali, etc., no ha podido soportar. En el anuncio de su dimisión ha indicado que no está en condiciones de asegurar el mantenimiento del modelo para garantizar la protección de Francia y sostener las ambiciones «de nuestro país».

En resumen, ustedes quieren que haga cosas serias en diversos escenarios y los medios que me dan son cada vez más escasos. Al Presidente le había irritado que el militar días antes hubiera tenido frases en una reunión con parlamentarios en la que al parecer, en lenguaje un poco tabernario, se había quejado del giro del ejecutivo(no voy a dejar al gobierno 'joderme' con los recortes). Macron, que busca marcar su impronta sin dilaciones, replicó de forma clara en una reunión con generales. En caso de choque entre un jefe militar y el Presidente de Francia, prevalece el Presidente, «el jefe soy yo», dijo.

No le falta razón, aunque un prestigioso militar retirado escribe que Macron padece «autoritarismo juvenil» y corren algunos comentarios negativos en el sentido de que se nota que el político es el único Presidente de los últimos ochenta o noventa años que no ha hecho el servicio militar; todo un Presidente galo, en los primeros meses de su reinado, no podía admitir que un alto cargo militar pusiera de manifiesto 'de manera indigna' las diferencias de opinión en la cúpula de la nación.

La bronca francesa subraya un dilema que se da en muchos países europeos: ¿se está pretendiendo que los militares hagan demasiado y se desplieguen en variados escenarios lejanos con unos recursos que son claramente insuficientes? ¿Que abarquen demasiado sin los medios adecuados? Parece que ese es el caso. Hace unas semanas, cuando Trump vino a Europa y tiró de las orejas a sus aliados occidentales por no dedicar a Defensa las cantidades prometidas en el seno de la OTAN, llovieron los comentarios sobre lo zafio y poco elegante que resultaba el americano. Zafio lo es, poco diplomático también, pero no se equivocaba. De forma menos directa, Obama había apuntado lo mismo hace algo más de un año; es el sentir unánime de la clase política estadounidense. La convicción generalizada allí -he vivido once años en Estados Unidos- es la de que los europeos llevan excesivo tiempo descuidando la defensa, remoloneando a la hora de dedicar el prometido 2% de su producto nacional, porque han estado acunados por Washington y protegidos por su paraguas militar. Trump tiene abundantes detractores en su política, el tema sanitario o el medioambiental son buenas pruebas de ello, pero en el de Defensa habrá escasos compatriotas suyos que no comulguen con que los europeos son unos aprovechados.

Aquí encontramos el busilis de la cuestión. En la disyuntiva entre mantener, o incluso aumentar, el Estado del bienestar y reforzar la seguridad en un mundo convulso, los dirigentes europeos, casi monolíticamente, escogen el Estado del bienestar. Creen a pies juntillas que eso es, sin dudas, lo que desea su opinión pública, que es la que da o quita votos.

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