Aquel brindis contra el trasvase

PEDRO ORTIZ

Tres meses después de ganar las elecciones en 2004 el Gobierno de Zapatero aprobó la derogación del trasvase del Ebro. El trasvase, se dijo entonces desde el Ejecutivo, iba a ser sustituido por desaladoras que llevarían más caudal a Alicante y Murcia y que resultarían más baratas y ecológicas que el canal. «Más agua, de mayor calidad y a menor precio», resumió Cristina Narbona, entonces ministra de Medio Ambiente y hoy presidenta del PSOE.

No hay valenciano que no recuerde cómo Narbona celebró la derogación del trasvase brindando con cava, como si hubiera que aplaudir que comunidades como la valenciana o la murciana, eso sí, con gobiernos del PP, se quedaran sin agua.

Desde luego, no hubo desaladoras o al menos no se construyeron las necesarias, y Murcia y Alicante han seguido sufriendo graves problemas de sequía, mientras que el Ebro, cada pocos años, acaba desbordándose y arrojando al mar agua que bien podría venir al sur sin restar ni un trago al caudal ecológico inexcusable para las necesidades de Aragón o Cataluña o a las exigencias ecológicas del Delta o el Mediterráneo.

La anulación del trasvase del Ebro fue un claro ejemplo de cómo la política y los políticos en España juegan a tan corto plazo que es difícil llevar a buen puerto un proyecto que se prolongue a lo largo de los años y exija cierto consenso. La consecuencia primera es que la falta de entendimiento entre las principales fuerzas políticas acarrea que la una anule por mayoría simple lo que la otra ha aprobado también con mayoría no cualificada, con lo cual se crea una sensación tremenda de provisionalidad e incertidumbre en las leyes españolas.

La historia del trasvase también demuestra que uno de los elementos que se usan en la disputa electoral es el enfrentamiento entre unas comunidades y otras en función de las necesidades de votos. En aquel 2004, el PSOE quería afianzarse en Cataluña y daba por perdidas la Comunidad Valenciana y Murcia (cuatro años después, Zapatero se preguntaba ingenuamente por qué la Comunidad Valenciana castigaba tanto a los socialistas en las elecciones). Esta falta de visión integradora y de largo alcance ha posibilitado que la traída del agua del Ebro a Alicante y Murcia acabe dependiendo del Gobierno de Cataluña, Gobierno que en los últimos años y quizás en los siguientes se ha apartado de cualquier propósito que no sea el de la independencia.

El resultado final ya es conocido. Catorce años después, ni trasvase ni desaladoras y con el Ebro desbordándose cada cierto tiempo y arrojando al mar miles y miles de hectómetros cúbicos. El sur sólo pretendía que le llegase el agua sobrante, si es que sobraba alguna, y cuando sobrara. En algún lugar del disco duro de la memoria permanece grabado de modo indeleble aquel brindis tan cruel para los valencianos de la actual presidenta del PSOE.

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