EL BRILLIBRILLI CULTURAL

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Suelo encontrar un punto de ternura bobalicona cuando un ricachón pretende adquirir así de repente un barniz de cultura. Levantaron una fortuna de la nada o supieron multiplicar el patrimonio que les legaron, desposaron en segundas nupcias con una mujer escultural, ofrecieron unas cuantas becas para mayor gloria de alguna minoría de moda, patrocinaron el equipo de futbito de su pueblo... Sin embargo, entre tanto triunfo, súbitamente, les entra esa melancolía a lo Stendhal y necesitan despojarse de su analfabetismo funcional.

Lo gracioso es que, en su mente de escualo peligroso que olfatea la sangre a varios quilómetros de distancia, creen que la cultura se puede comprar así de golpe. ¿Acaso no consiguieron el coche, la mansión y el yate tirando de chequera? Por eso, cuando comprueban que no es posible cubrir de una tacada un pasado frondoso de bellas artes y letras exquisitas, se frustran una barbaridad. Trump le pidió en préstamo al Guggenheim un lienzo de van Gogh para ornar la Casa Blanca y desde el museo le han arreado un sopapo la mar de progre negando esa pintura pero brindándole a cambio un inodoro de oro que simboliza la querencia de los nuevos ricos avasalladores por el fulgor del brillibrilli. Para una vez que Trump se nos pone cultureta y miren ustedes cómo le han vapuleado. Con Obama no se habrían atrevido a semejante desacato. Durante los ocho de Obama los USA vendieron el doble de armas que con Bush hijo. Por no hablar de las escabechinas de Obama, personal civil incluído, gracias al justiciero fuego de los drones. Pero Obama rezumaba carisma, sonrisas, elegancia, buena oratoria y mensajes buenistas. Trump huele a morapio y matonismo de taberna. Mola faltarse con él y con su arquitectura capilar aunque haya reactivado la economía al batir un récord rebajando los impuestos.

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