'Brexit' y castigo

JOSÉ M. DE AREILZA

Hace un año y medio la inesperada noticia de que el Reino Unido había votado en referéndum salir de la UE fue un mazazo en la conciencia de la Unión. Asediado el proyecto de integración por múltiples amenazas -una moneda aún necesitada de urgente rediseño, una inmigración descontrolada, populismos en ascenso en los Estados miembros- el 'Brexit' no era un frente abierto más, sino que llevaba a una crisis existencial. La reacción de muchos líderes continentales estuvo guiada por las emociones. Había que tomarse la revancha y extraer un precio muy alto, para que todos vieran los enormes costes de romper con Bruselas. El Reino Unido debía perder influencia política y empobrecerse. El divorcio solo podía ser agrío. Este enfoque punitivo de «'Brexit' y castigo» por fortuna ya no está tan en boga. El Reino Unido no puede tener los mismos derechos y ventajas fuera que dentro de la UE, como es lógico. Pero a todos nos interesa mantener vínculos comerciales estrechos, dada la gran interdependencia existente, así como contar con Londres en cuestiones de seguridad y defensa.

Angela Merkel y Emmanuel Macron comparten esta visión realista y pragmática, que sin embargo aún no se ha impuesto entre los líderes de los dos grandes partidos del Reino Unido. Los conservadores, culpables de jugarse en un referéndum el futuro de su sociedad para solucionar sus divisiones internas, están más enfrentados que nunca. El gobierno de Theresa May un día anuncia que el 'Brexit' apenas significará cambios sustantivos para las empresas y la semana siguiente agita el fantasma de la inmigración desbordada y niega nuevos derechos de residencia a trabajadores europeos a partir de marzo de 2019.

El ala euroescéptica ignora los riesgos económicos y geopolíticos de cortar por lo sano con el primer mercado del Reino Unido y con una Unión que representa y defiende los valores de las democracias liberales. Los eurófilos no acaban de organizarse para conseguir un segundo referéndum, una vez se conozca los costes del pacto de salida. Temen hundir del todo a su primer ministra y facilitar un gobierno del izquierdista Jeremy Corbyn. Entre los laboristas, el bando favorable a un divorcio amistoso, o incluso a repensarlo, representa a la mayoría de los votantes pero no de los órganos del partido, mucho más radicales y aislacionistas.

Queda poco tiempo, catorce meses, para revertir el 'Brexit' o, al menos, adoptar una fórmula parecida a Noruega: los británicos seguirían dentro del mercado interior, aunque fuera de las instituciones. La tercera opción sería un laborioso acuerdo de libre comercio como el de Canadá-UE, sin libre circulación de trabajadores y sin pasaporte comunitario para los servicios financieros de la City. Hay suficientes intereses comunes para llegar a un conjunto de acuerdos equilibrados. Hasta el ministro que más campaña hizo por la salida de la UE, Boris Johnson, ahora sugiere construir un puente sobre el Canal de la Mancha.

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