La brecha

EDUARDO BENLLOCH GARCÍA

Una brecha es, según el DRAE, una rotura o abertura irregular, especialmente en una pared o muralla, o una herida especialmente en la cabeza, o un resquicio por donde algo empieza a perder su seguridad, aunque de forma figurada se puede aplicar a muchas otras realidades e incluso a constructos imaginarios. Sin embargo el vocablo brechar se refiere a meter dado falso en el juego y brechador es aquel que mete el dado falso.

No tengo muy claro si cuando reiteradamente se hace mención a la brecha salarial entre diversos colectivos se pretende hacer referencia a una rotura irregular de la continuidad en el orden salarial, un resquicio por donde se empieza a perder la seguridad salarial o al hecho de brechar y, de forma figurada también, meter un dado falso en el juego verbal para enredar los términos salariales.

Es evidente que la igualdad salarial es una entelequia, aún entre aquellos que tienen encomendado igual trabajo, pues es palmario que no todos los que están en dichas circunstancias ejercerán su trabajo con la misma efectividad, dedicación y competencia, y esto puede -o debería- suponer diferente reconocimiento en los emolumentos recibidos, aunque sólo sea por establecer un estímulo encaminado a la constante mejora en el desempeño laboral. Señalaba Victoria Camps que «hay que reconocer que para muy poca gente el trabajo es la dimensión más importante de su vida; es importante por necesidad pero no porque constituya una fuente de sentido» ('Virtudes públicas'), y de ahí deviene la necesidad de estímulos externos para obtener mejores resultados, porque sólo si el trabajo tiene pleno sentido para un individuo le colma lo suficiente como para mantener su interés y su afán de mejora.

A bote pronto esto tropezaría con la praxis sindical de defensa 'colectiva' de la igualdad de los trabajadores, aunque si miramos a los propios sindicatos, prescindiendo de diferencias en el sentido último de su compromiso social, la remuneración de los dirigentes sindicales estimo que debe ser más alta que la que percibe un delegado sindical, si es que percibe alguna, de una empresa pequeña. Me dirán, con razón, que es un problema derivado de la responsabilidad asumida en cada nivel. En el mundo de la empresa privada sucede y seguirá sucediendo ko mismo, aunque la vigilancia sindical sea inestimable en procurar evitar desviaciones abusivas de esta realidad.

Otra manera de brechar, o falsear, la realidad es referirse a la brecha salarial comparando los salarios medios de los colectivos, sin ofrecer una descripción completa de cada grupo, cómo se ha estimado su composición y la distribución de los datos considerados en las series, cuál es la dispersión de los valores salariales y el error posible al estimar las diferencias de los promedios y su significado. No soy un experto estadístico pero a cualquiera se le alcanza que ofrecer sólo datos de medias es decir muy poca cosa, si no es que se quiere intencionadamente brechar, o falsear, los hechos aunque sea por motivos loables.

Estos motivos buenos y saludables intentan mejorar la situación de los distintos colectivos laborales, minimizar las excesivas diferencias y controlar las desviaciones injustificadas, pero siempre quedará un amplio margen para la discrecionalidad en las decisiones últimas que ni siquiera en el empleo público, mucho más regularizado, puede evitarse pues la valoración de la capacidad y el mérito - aún en los más regulados - ofrecen siempre la posibilidad de que en las valoraciones se introduzcan factores subjetivos, difícilmente eludibles como confirman los innumerables casos de concursos de provisión de plazas que acaban derivando a vías judiciales por discrepancias en la interpretación de los méritos. Aquí sí se podría hablar de brechas en el sentido canónico de resquicios por donde algo empieza a perder su seguridad.

Deberíamos ser más rigurosos y no hablar de brechas salariales sino de diferencias salariales injustificadas o justificadas y analizar en detalle las premisas que llevan o han llevado a las diferencias para atajar en lo posible sus razones últimas, cuando sean injustas. Es a partir de ahí que los factores de sexo, edad, religión, raza, posición social y cultural, formación, y otros muchos -incluidos factores personales de difícil caracterización- pueden ser tomados en cuenta y valorados no sólo de uno en uno, y pretender solucionarlos aisladamente, sino en conjuntos multifactoriales más homogéneos y susceptibles de intervenciones sociales efectivas.

La reflexión serena de las realidades sociales con las que nos encontramos en el día a día exige huir de la simplificación, de las etiquetas globales, de los eslóganes impactantes. La realidad es siempre compleja, con múltiples aristas y facetas, y no se compadece bien con la forzada uniformización de un eslogan de partido o de campaña electoral. «El primer enemigo de la democracia es la simplificación, que reduce lo plural a único y abre así el camino a la desmesura» ( Todorov T; 'Los enemigos íntimos de la democracia') y la use quien la use, nunca es para aclarar, sino para confundir, al inducir a la masa a comportarse como individuos acríticos, a utilizar y movilizar los sentimientos más que los razonamientos o, si me apuran, con desprecio de un mínimo atisbo de razonamiento. Hay que recordar aquí la máxima: «el malvado descansa de vez en cuando; el tonto nunca» e impulsar a las masas a olvidarse del razonamiento reflexivo e ir incondicionalmente tras un eslogan es disminuir o entontecer a los ciudadanos.

Hay que estar absolutamente en contra de las diferencias (o brechas si Vds. quieren) salariales que se produzcan violentando las condiciones de igualdad y las de esfuerzo, mérito y dedicación, pero no es de recibo que en nombre de la igualdad se produzcan situaciones injustas que desincentiven a los que se vuelcan más en su trabajo haciendo o procurando que éste sea una fuente de sentido. Creo que nos sobran brechadores.

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