Las bravatas de García

Pedro M. Campos Dubón
PEDRO M. CAMPOS DUBÓNValencia

Somos de ideas fijas. Cabezones. Negro o blanco, huimos del gris. Yo el primero. Era oyente radical de José María García. Por tanto, me negaba a mover el dial para escuchar lo que decía José Ramón de la Morena. Fueron años y años con el auricular escuchando las peripecias del 'butano'. Lideré un equipo en un debate de una clase de la carrera sobre cuál los dos comunicadores tenía razón, encontré en el Rastro de Valencia el libro 'El bisturí de García' y, por supuesto, se lo envié para que me lo firmara -con una kilométrica carta adjunta-, asistí a alguna conferencia suya y ocupé un lugar preferente en la Alameda, tres horas antes de que llegara el pelotón de la Vuelta a España de Ciclismo, sólo para ver cómo llegaba el periodista alzado en el coche a través del techo panorámico. Era fiel a él y a sus ideas. Las mismas que con el paso del tiempo el propio José María García ha ido dulcificando. Ahora nos damos cuenta de que mucho de lo que decía, mucho de lo que denunciaba, no era para tanto, que quizá se equivocó, que de nada valía todo aquel show nocturno ante el micrófono. La visceralidad suele llevarte a desengaños. Porque nadie tiene la razón absoluta, aunque siempre hay quien tiene más razón. Los oyentes disfrutábamos con las bravatas radiofónicas, nos desternillábamos con el ingenioso «abrazafarolas» o neologismos como «chupópteros» o «lametraserillos» y sentíamos una mezcla de reafirmación e incomodidad cuando arreciaban los insultos entre los dos periodistas. Pero García y De la Morena han querido escenificar años después que aquello era divertido pero cruel, que los daños colaterales eran más dolorosos que los propios. «El tiempo marca la reconciliación, la generosidad y el dar más que recibir», ha dicho el veterano periodista. Está claro que no todo vale.

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