LA BOTELLA DE VINO

Ramón Palomar
RAMÓN PALOMAR

Eran exactamente las 20 y 23. Llovía. Dentro había actividad. Mis nudillos golpeaban humildes pero sin pausa la puerta de cristal para llamar la atención. La estampa segregaba un no sé qué chaplinesco. Por fin, una uniformada camarera delgada de ojos verdes se acercó. Lucía gesto ligeramente avinagrado. Eran las 20 y 24. El local es un híbrido entre ultramarinos de postín, bodega estupenda y restaurante entregado a las fusiones culinarias. La camarera pulsó un botón y la puerta se deslizó. «¿Está abierto? Es que voy a cenar a casa de unos amigos y quería comprar un vino francés...», susurré bastante borreguil. Añadí lo del vino gabacho para expresar mi deseo de gastar pasta gansa y conseguir cierta compasión. «Está cerrado. Estamos preparando el servicio para la cena. Abrimos a las 20:30». Sonó implacable, demoledor, cruel. Y seguía lloviendo, lo cual reforzaba el efecto dramático. Observé el reloj. «Sólo faltan seis minutos...», mascullé. «Pero está cerrado, si tenemos un horario es para algo...», replicó. Entonces brotó desde mi garganta una suerte de ronco rugido en sordina, de rasgado lamento de fauno afónico, de amortiguada queja ancestral de mártir cristiano torturado por un hereje. El arrebato contenido funcionó. «Oiga, no se ponga usted así... Venga, pase...» Me perdonó la vida y quedé empapado por un poderoso síndrome de Estocolmo que selló mi boca. Pero me hubiese gustado soltarle: «Me pongo así porque esto no es Alemania y aquí somos más flexibles». Y también: «Me pongo así porque soy cliente habitual y en estos casos se ofrece cariño». Y también: «Me pongo así porque interrumpir el servicio que preparáis para la cena un par de minutos no supone resolver un fundamental problema de física cuántica». Pero me callé y salí de allí con la botella de vino. Eran las 20 y 32. Todavía llovía.

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