MÁS BOSQUES QUE NUNCA

Crece la superficie forestal, tenemos más árboles, pero triunfa la visión catastrofista de quienes proclaman lo contrario

Vicente Lladró
VICENTE LLADRÓValencia

Si se pregunta a bote pronto a personas en la calle lo que piensan sobre la situación de los bosques en España, si creen que hay más que antes o les parece que han disminuido en las últimas décadas, no lo duden, saldrá mayoritariamente lo último: que hay menos árboles, que crece el desierto, que está menguando la superficie forestal, que no hay más que ver la sucesión de incendios... Es la verdad imperante, la posverdad que se dice ahora, un eufemismo para suavizar lo falso o lo que preferimos asumir.

Un magnífico reportaje de Fernando Corbillón, publicado el pasado jueves día 8 en este periódico, explicó con detalle que la situación es justamente la contraria de la que se ha asentado en la creencia popular más extendida: «El bosque español no deja de crecer». Los especialistas dedicados a renovar el inventario forestal tienen contabilizados 7.400 millones de árboles en España; salimos a 160.000 por habitante. Y más aún, hace sólo veinte años eran 4.600 millones. Increíble, ¿verdad?

Pues no se trata de una novedad aislada en este sentido; desde hace un tiempo vienen sucediéndose noticias que divulgan diversos estudios, incluso de la ONU, que nos hablan de que está creciendo en todo el mundo la superficie forestal arbolada. Hasta tal punto, que ya se han reciclado agoreros que a rebufo de noticias tan positivas maquinan para pulsar alguna arista potencialmente negativa. Argumentan que si hay más vegetación sobre la superficie de la Tierra predomina el color verde oscuro, y eso implica que se absorba más calor, lo contrario del efecto albero de las superficies claras (con nieve o desnudas), que hacen rebotar la radiación calórica. Por tanto, según estos planteamientos de los tremendistas más rebuscados, tener muchos árboles no convendría tanto. A ver si ahora va a ser bueno perder selvas tropicales.

O no se aclaran, o siempre están con la aguja de marear, o aquí hay una estrategia para volvernos majaretas.

¿No es cierto que cada vez que hay un incendio forestal se repiten las mismas convicciones, tan razonables, de que perdemos patrimonio natural, fábricas de oxígeno, amables paisajes verdes, hábitats que siempre calificamos de irrepetibles, o cuanto menos que tardarán décadas en recomponerse..., o que lamentamos sin cesar las talas masivas en la Amazonía?

¿No es una gran noticia saber que crece nuestra superficie forestal y la de casi todo el mundo, y que tengamos más árboles y bosques más extensos? Pues esta noticia se viene repitiendo con cierta asiduidad desde hace unos años y, sin embargo, prevalece el convencimiento opuesto, triunfa la visión catastrofista de quienes proclaman lo contrario. ¿Por qué?

Otra cosa es qué gestión hacemos de este enorme tesoro en aumento, porque, como contaba Fernando Corbillón, el riesgo está en que ese mismo crecimiento «muera de éxito por el abandono rural», lo que implica grandes problemas de mantenimiento que el mundo urbano no resuelve.

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