BONIG Y SU ESTADO MAYOR

Sala de máquinas

Se empeña en dirigir personalmente las tropas de asalto contra el adversario en lugar de trascender esa función

BONIG Y SU ESTADO MAYOR
SEÑOR GARCÍA
Julián Quirós
JULIÁN QUIRÓS

Se va acentuando. Cada vez más. Isabel Bonig, que ascendió a los altares de la política con Rita Barberá como modelo de referencia, maneja hoy un estilo que en buena parte replica la agresividad descontrolada de Mónica Oltra en sus tiempos de dura oposición al PP. Desconocemos hasta qué punto obedece a un plan intencionado o resulta un escape psicológico contra aquellos que los echaron del poder, un desquite traumático a base de responderles con las mismas armas. Las barricadas. La alcaldesa de Valencia ejercía esa prepotencia del ganador, una soberbia contra los adversarios de la izquierda sin llegar a molestar al ciudadano neutral o poco ideologizado. La agria beligerancia de Oltra era otra cosa, áspera y radical, abonada además por el campo de minas de la corrupción pepera y su fin de ciclo. Oltra fue entonces una especie de Pasionaria tuitera, capaz de enardecer a los suyos y provocar espanto en la parte moderada de la sociedad. Y ya no quiere ser eso, no le conviene, pero Isabel Bonig parece interesada en quedarse con esa figura vacante.

Lo mejor que tiene la presidenta del PP es su fondo ideológico y la autenticidad de sus valores; nadie duda de que cree firmemente en lo que dice. Que no es poco hoy día. Eso fue lo que le llevó al cargo. Por eso confió Barberá en ella y se convirtió en su madrina, frente a las dudas y ambigüedades que en materia de principios le despertaba María José Catalá. Ya en 2014, (casi) todos los pesos pesados se alinearon con la alcaldesa. 1) «yo ahora estoy con Bonig, está más hecha, tiene más cabeza»; 2) «ahora es la mejor opción, aunque quizás no sea suficiente»; 3) «puede ser una portavoz perfecta, quizás no valga para tiempos de paz, pero sí para los tiempos que vienen»; 4) «Veo más a Bonig que a Catalá, las dos son buenas, pero tiene más capacidad política y una ambición mejor llevada»; 5) «necesitamos un revulsivo, alguien que agrupe, que cree ilusión, con fortaleza, Isabel puede ser la mejor»; 6) «yo lo tengo claro, mandaría a Bonig a la Generalitat y a Catalá al Ayuntamiento».

Pasado el tiempo, los pronósticos se han demostrado ciertos. Catalá presentaba buenas formas y maneras a riesgo de valores más desdibujados o móviles y Bonig contaba con una base auténtica y una expresión inflexible en exceso. La peculiaridades temperamentales de Bonig han servido para agrupar a la militancia tras la derrota de 2015 (muy positivo), violentar y tensionar al Consell tripartito (positivo) a cambio seguramente de ahuyentar al electorado más centrado o alejado de la vida partidista (muy-muy-muy negativo). Lo que lleva a concluir que Bonig está respondiendo al papel que no le toca; una especie de general o jefe de estado mayor en lugar de estratega o líder político («pero es que ahora sólo podemos masajear, que es lo que hace bien Isabel, masajear y ponernos las orejeras y tirar por el carril del medio»). Se empeña Bonig en dirigir personalmente las tropas de asalto contra el adversario en lugar de trascender esa función y seducir al electorado con un proyecto alternativo al tripartito. Se empeña en desempeñar el papel de número dos (de los Cascos, Guerra, Cospedal o Blasco) en lugar de tomar los mandos de la nave y delegar la portavocía, el trabajo de perro guardián e incluso la logística de las operaciones de combate parlamentario en un aguerrido segundo. Se empeña justamente en seguir el único ejemplo de liderazgo reciente que prescindió de un número dos para representar en primera persona una acción política frentista y combativa. Mónica Oltra. ¿Por qué Bonig no tiene un colaborador para estas tareas?, quizá sea a causa de ella y su carácter o quizá por los intereses individuales de su equipo que en lugar de protegerla la dejan expuesta en primera línea de combate. Si se quema ella, se pueden salvar los demás. Y de esta manera Bonig parece el general MacArthur tiroteando japoneses en la jungla de Les Corts. Ya que no se lo dicen los suyos, tendrá que oírlo fuera. Existen otros biotipos de conducta por ahí sin las púas de aquella Mónica Oltra de hace unos años. Puede que Inés Arrimadas. Puede también que Susana Díaz o Cristina Cifuentes, o tantas otras. U otros.

Los decibelios de Bonig se notan incluso más porque sus oponentes están jugando a lo contrario, a la invisibilidad, a la mínima exposición. A esconderse y salir lo justo. Es la táctica de Ximo Puig desde que llegó a la presidencia. Es el camino de Enric Morera en cuanto notó sus riñones bien mullidos. Por ahí va Mónica Oltra en cuanto se ha llevado tres tortazos seguidos. Y es el juego de todos los consellers, incluso de Marzà que todo el ruido provocado a su alrededor ha sido contra su voluntad. El único miembro del Consell con ganas de sobresalir y sacar cabeza ha sido la titular de Sanidad, Carmen Montón; los demás han rehuido el escenario y el conflicto porque saben que lo mejor para seguir en el machito es no moverse ni cometer errores. Mientras el PP padece de aislamiento, hiperactividad y cierta ansiedad. Y de Ciudadanos, en fin, seguimos sin poder decir nada significativo... quizás el próximo año.

Cabe la posibilidad de que Bonig sea consciente de todo esto y todo esto no sea más que un plan deliberado. A lo mejor está cansada de oír que no hay posibilidades de recuperar la Generalitat en 2019 y ha decidido jugárselo al todo o nada. Porque si falla en el 2019 no le faltarán queridos compañeros dispuestos a echarle la zancadilla y reabrir el debate sucesorio en el PPCV. Lo que no sería extraño. El liderazgo indiscutido sólo se alcanza con las victorias y hasta Ximo Puig, sentándose en la presidencia de la Generalitat, ha tenido graves problemas para conservar la jefatura del PSPV precisamente por sus pobres resultados en las urnas. De ser así, Bonig mantendrá su estilo, seguirá con el tremendismo de la vieja Oltra, habrá un año de tierra quemada en Les Corts y subirá la apuesta y la tensión. Incluso con esa inaudita guerra abierta con la patronal, a cuenta de su cercanía al Consell tripartito. Una cercanía cierta y evidente donde caben pocas sorpresas. Porque la patronal no es próxima al PP, es próxima al poder constituido que controla los presupuestos públicos. Durante dos décadas estuvieron junto al PP porque mandaba el PP y ahora están junto a la izquierda porque gobierna la izquierda. No hay más vueltas. Cuando el PP vuelva a gobernar, contará con la complicidad de la patronal. Como siempre. La guerra con la patronal no le dará ni le quitará a Bonig voto alguno, pero en lugar de pegarse ese desahogo en público, Zaplana habría esperado hasta ganar, y luego les habría sacado la factura con una sonrisa dentífrica.

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